Jueves 14/12/2017. Actualizado 01:00h

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Católicos

El cardenal Rouco recuerda aquel acontecimiento histórico

Se cumplen 25 años de la JMJ de Santiago, la que marcó el camino para todas las demás

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Santiago volverá a rememorar aquellos días en los que el Monte do Gozo sirvió de escenario para la celebración de unas Jornadas Mundiales de la Juventud presididas por Juan Pablo II. Será entre el 5 y el 7 de agosto, con diversos actos conmemorativos, mesas redondas, exposiciones y celebraciones a las que se ha querido sumar el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rocuo Varela, que fue parte activa de estas Jornadas cuando era arzobispo allí.


La de 1989 fue una Jornada Mundial de la Juventud distinta en muchos aspectos. Heredaban el título de anfitriona de Buenos Aires. Y la gran novedad es que fue en Santiago, ciudad que ya el papa Juan Pablo II había visitado en 1982, donde se consolidó el actual esquema que se mantiene vigente hasta ahora, con la vigilia de oración y con grandes espacios de celebración.

El cardenal ha recordado aquellos días de preparación y celebración en un libro entrevista que acaba de editar Planeta bajo la firma de José Francisco Serrano Oceja, colaborador habitual de Religión Confidencial. En sus páginas, el cardenal cuenta cómo le ayudó un equipo entonces muy joven: don Eugenio Romero Pose, don Salvador Domato y otros jóvenes sacerdotes, y Don Ricardo Blázquez se sumó después de ser consagrado obispo auxiliar el 29 de mayo de 1988. Se encerraron una semana en una residencia y de allí salió el esquema final.

 

Todo, señala, fue sor­prendentemente gozoso, gozosamente sorprendente. Los obispos estaban encantados con la experiencia de las catequesis, de los encuentros con los jóvenes. Una iniciativa que se hacía por primera vez.

 

No estuvieron aquellos días exentos de proecupaciones. De hecho, el cardenal recuerda el cansancio acmulado por la tension vivida. Pero también cómo a medida que avanzaban las jornadas se dieron cuenta de que las cosas iban saliendo cada vez major:

“Quienes habíamos asumi­do esa responsabilidad, quienes habíamos recibido del Santo Padre la encomienda de organizar una Jornada Mundial de la Juventud, quienes nos habíamos puesto manos a la obra vivimos unos días llenos de incertidum­bres. A medida que pasaban las horas, desde que comen­zó la Jornada con la misa que presidí al aire libre en la fachada de la catedral, en el balcón de la fachada del Obradoiro, nos íbamos distendiendo. Cuando llegó el Santo Padre nos encontró más esperanzados, más so­brenatural y humanamente optimistas. Aquella llegada al modo de un peregrino…”

 

A aquella JMJ no faltó nadie: “Allí estaban el cardenal Ángel Suquía, acompañando al séquito de Roma. Los obispos españoles estaban todos, ya arriba, en la balconada de la fachada del Obradoiro, y ahí lo recibieron”. Pero el recuerdo más emocionante fue para el encuentro en el Monte do Gozo, lleno de jóvenes preparados para un vigilia en una noche heladora pero al mismo tiempo inolvidable. Cuenta el cardenal que al papa le pusieron un manteo y que los obispos se tapaban con periódicos bajo las sotanas. “El Monte do Gozo es muy traidor en agosto”, dice este gallego de pura cepa.

 


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