Lunes 23/10/2017. Actualizado 01:00h

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En plena polémica por este asunto

Un jesuita defiende el celibato: “No es un peaje ni una carga, es nuestra forma de amar”

Carlos Gómez-Virseda, misionero de 30 años, pasó por la presentación de la campaña del Domund en Madrid

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Carlos Gómez-Virseda estuvo en Madrid durante la presentación de la campaña del Domund. Relató su experiencia en Chad como médico-misionero. Con Religión Confidencial estuvo hablando sobre el celibato sacerdotal, ahora que se cuestiona tanto entre jóvenes y mayores.

El novicio y misionero jesuita Carlos Gómez-Virseda. El novicio y misionero jesuita Carlos Gómez-Virseda.

“La gente se imagina que el celibato es algo como que nos han impuesto. Algunos dicen: me gustaría ser jesuita, o religioso, o sacerdote y de repente me cae esto del celibato, lo ven como un peaje que hay que pagar y no es para nada así. Los votos es algo intrínseco, lo más importante para nosotros, nuestra manera de vivir”, explica.

Para aquellos que piensan que el celibato es la causa de que muchos sacerdotes abusen de niños o bien, tengan una doble vida con una pareja, Carlos, joven, con buena apariencia y médico de profesión, que pertenece al relevo generacional de sacerdotes y misioneros, piensa totalmente diferente: “Un religioso o un sacerdote sin celibato, no tiene sentido”.

Convencido de su vocación, señala que los votos que hacen los jesuitas, pobreza, castidad y obediencia, van necesariamente juntos: “No es algo que se te impone desde fuera, nadie te lo impone, es lo más importante en nuestra vida. Es como el que da la vida, entregas la pobreza, la castidad y la obediencia, mi libertad, mi autonomía, el tener, el poseer, lo entregas todo y es así como vives. Somos eso. Nuestra manera de amar es gracias a que eres célibe, eres pobre y eres obediente. Si quitas uno de los tres serías un cooperante, un voluntario, un padre de familia estupendo pero no un sacerdote”.

Con 21 años interrumpió sus estudios de Medicina para entrar en el noviciado de la Compañía de Jesús. Pero terminó la carrera y fue enviado a Chad a trabajar en el proyecto jesuita “El buen samaritano”, que consta de dos hospitales y una red de centros de salud. “Entre un cooperante o voluntario y un misionero hay una diferencia. No es mejor uno que otros, sin embargo, el misionero es distinto al voluntario. Los cooperantes son admirables. Pero el misionero aporta el plus de la fe. Hay una diferencia, una fidelidad distinta, un compromiso diferente. Animo a cualquier joven que tiene inquietudes a dar el paso, a que sea valiente”.

En su experiencia relata que en Chad, con tan pocos medios, sin medicamentos, se sostiene bajo una premisa: “Curar, a veces, cuidar, siempre. De la enfermedad, hay que pasar al paciente, y por último, al hermano. No soy un héroe, pero a veces he podido ser cauce de la misericordia de Dios”.

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