Sábado 18/11/2017. Actualizado 01:00h

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Cuando el Papa paró el coche

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El Papa Francisco nos ha acostumbrado en pocos días de pontificado a las sorpresas. Tan sorprendente fue su entrada en la plaza de San Pedro el domingo de Ramos, en absoluto recogimiento para la oración antes de la celebración de la Santa Misa, como su salida, llena de abrazos y aplausos, de bendiciones a diestro y siniestro, un Papa en el que no parecen pesar los 78 años que acrisola. De hecho, él mismo había indicado minutos antes en la homilía que se puede tener un corazón joven con 70 o con 80 años.

El gesto de sorpresa en esta ocasión fue el de profunda humanidad. Iba el Papa recorriendo los pasillos dejados en San Pedro montado en el 4x4 descapotable cuando, al pasar por uno de ellos, reconoció el rostro de un amigo. Se sorprendió como cualquiera que encuentre entre la multitud desconocida unas facciones que le resultan familiares. Entonces, con la sencillez de cualquiera, pidió que pararan el coche, se bajó y saludó amablemente.

El gesto de sencillez no denota nada más que el hecho de que este Papa, como todos los Papas, son personas. La cercanía de la humanidad con el amigo encontrado entre el millón es tan natural como el abrazo que Benedicto XVI brindó al Papa Francisco a las escalerillas del helicóptero recién aterrizado en Castelgandolfo.

Zenón de Elea

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