Miércoles 18/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Un Mensaje a todos los hombres de buena voluntad

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"Ninguno puede ignorar o minimizar el papel decisivo de la familia, institución base de la sociedad desde el punto de vista demográfico, ético, pedagógico, económico y político. La familia tiene como vocación natural promover la vida: acompaña a las personas en su crecimiento y las anima a enriquecerse mutuamente mediante el cuidado recíproco.

En concreto, la familia cristiana lleva consigo el germen del proyecto de educación de las personas según la medida del amor divino. La familia es uno de los sujetos sociales indispensable en la realización de una cultura de la paz".

Benedicto XVI no puede ser más claro y preciso; y la frase que he puesto en negrita manifiesta sin restricciones de ningún tipo el sentido humano-divino de la familia en el plan de creador, redentor y santificador de Dios.

Y para garantizar esa tarea educadora y formadora de la familia, el Papa concluye el párrafo del Mensaje: "Es necesario tutelar el derecho de los padres y su papel primario en la educación de los hijos, en primer lugar en el ámbito moral y religioso. En la familia nacen y crecen los que trabajan por la paz, los futuros promotores de una cultura de la vida y del amor".

Yo no sé cuántos padres y madres que aman a sus hijos y se desvelan por sus criaturas, que dan su vida por sus hijos, son conscientes de que Dios se vale de ellos para transmitir a esos hijos todo su Amor. Tarea imposible, pensarán algunos, o quizá muchos. Si fuera imposible, Dios no habría contado con la familia para esa maravillosa tarea, no habría creado ni puesto en marcha este mundo.

Quizá no son muchas las madres que al contemplar los ojos de su recién nacido sueñan con que esos ojos pueden ver un día a Dios "cara a cara". Y, sin embargo, esa es la medida del amor divino de la que habla el Papa.

Ese "germen" de la familia son las raíces de amor de Dios que harán posible que un día nazca aquí y allá esa sociedad de paz con la que sueña el Papa, y que están en lamente de Dios para que los humanos podamos vivir en paz.

"Es necesario enseñar a los hombres a amarse y educarse a la paz, y a vivir con benevolencia, más que con simple tolerancia. Es fundamental que se cree el convencimiento de que "hay que decir no a la venganza, hay que reconocer las propias culpas, aceptar las disculpas sin exigirlas y en fin, perdonar (...) esto supone la difusión de una pedagogía del perdón. El mal, en efecto, se vence con el bien, y la justicia se busca imitando a Dios Padre que ama todos sus hijos".

¿Dónde podrá el ser humano aprender a vivir así si no tiene delante de los ojos, al alcance de su corazón, el amor de su padre, de su madre?

No me extrañaría que algún lector de estas líneas sonriera un tanto escéptico ante afirmaciones semejantes que parecen fuera del alcance de los mortales. Lo invitaría a una de esas reuniones de familia que se celebran en estos días de Santa Navidad. Bisabuelos, abuelos, madres y padres, hijos, nietos, biznietos, que no caben en la casa; que comen lo que la abuela y dos hijas han preparado para las cincuenta bocas que se reúnen cantando villancicos en torno a un Nacimiento, en el que cada año aumenta en uno o en dos el número de ovejas. La abuela va añadiendo ovejas a medida que nacen nietos; y cada oveja, con el nombre de un nieto, se dirige al Portal, a adorar al Niño Dios, en familia.

La sonrisa del escéptico se quedará un día helada sobre sus labios. La sonrisa de las "ovejas-nietos-nietas" se encontrarán con la sonrisa del Recién nacido en la Cueva de Belén, y llenarán de alegría sus corazones, el corazón de sus abuelos, de sus bisabuelos, de sus madres, de sus hermanos, de sus tíos, de sus primos,.., de la Familia de Dios, de la Familia del Primogénito que yace, dormido, en los brazos de su Madre, Santa María, bajo la mirada amorosa de san José; y se irán del Portal con alegría y paz.

Benedicto XVI termina así su Mensaje:

"Pidamos a Dios que ilumine también con su luz la mente de los que gobiernan las naciones, para que, al mismo tiempo que se esfuerzan por el justo bienestar de los ciudadanos, aseguren y defiendan el don hermosísimo de la paz,.., y todos los pueblos se abracen como hermanos y florezca y reine siempre entre ellos la tan anhelada paz".

¿Será esto posible si el niño, la niña, no aprende a amar a Dios y a sus padres en Familia?

ernesto.julia@gmail.com

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