Domingo 24/09/2017. Actualizado 01:00h

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Vaticano

Bertone, escudero y maestro de llaves

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Monseñor Tarsicio Bertone reúne desde el punto de vista informativo, quizá como nadie entre los miembros del cónclave, tantos seguidores como detractores. En buena medida, lo motiva su cargo de Camarlengo y, a la vez, de secretario de Estado del Vaticano. Dos señales identificativas de la confianza que el ya Papa emérito tenía en el italiano. En su currículum figura una trayectoria de cargos complejos. Esa paradoja de firmeza y suavidad se concita en su lema: "Custodiar la fe, servir a la concordia". Si el jueves selló los apartamentos donde vivía Benedicto XVI, su figura puede resultar decisiva en la elección del próximo habitante de los mismos.

Cada vez que se produce la situación de Sede Vacante, los ojos de los informadores del mundo se posan inevitablemente sobre el camarlengo. Más aún en este caso debido al caso Vatileaks y a su compatibilidad con el cargo de Secretario de Estado. Sin embargo, detrás de esa posición exterior, se esconde un Bertone intelectual, aficionado de la Juventus de Turín, una voz autorizada en relación a las vicisitudes de la Iglesia y un recorrido muy unido al de Benedicto XVI tanto en su etapa en la Congregación de la Doctrina de la Fe como durante el Papado.

Inicios y vocación religiosa

Tarcisio Pietro Evasio Bertone nació un 2 de diciembre de 1934 en un pueblo de la provincia de Turín llamado Romano Canavese, de unos 1.500 habitantes por entonces (ahora cuenta con el doble), como quinto de ocho hermanos. Su familia, sobre todo su madre, estaba ligada al Partido Popular Italiano, primera formación demócrata-cristiana del mundo y fundada por el clérigo Luigi Sturzo en 1919. La fuerte raigambre católica del hogar se percibe en que su padre, granjero de profesión, era el único de la zona que recibía L'Osservatore Romano además del cura.

Tras un tiempo estudiando grado medio en Turín, pronto recibió la vocación religiosa. Apenas contaba 16 años cuando el joven Tarcisio realizó sus votos en los salesianos. Comenzó un período de formación y de estudio que culminó con su ingreso en el presbiterado en julio de 1960.

Etapa académica

Desde este momento, entra en un lapso de tres décadas en que combina formación y enseñanza. Se doctoró en Derecho Canónico con una tesis sobre el gobierno de la Iglesia a cargo de Benedicto XIV -mediados del siglo XVIII-. Una anécdota curiosa radica en que se pasaba más tiempo jugando al fútbol que en la biblioteca, algo que su director, el luego cardenal Alfons Stickler, le recriminó. De aquí data su asistencia a Delle Alpi, el viejo estadio de la Juventus, su equipo preferido. Además, Bertone confiesa a qué dedicaba otra parte de su tiempo: "Siempre he tratado de llevar a cabo la actividad pastoral entre los jóvenes con la predicación de retiros y cursos de preparación para el matrimonio, así como entre los laicos comprometidos en el ámbito social y político".

Los salesianos ponen en la enseñanza buena parte de sus esfuerzos apostólicos. También él cumple con sus asignaciones: en la Universidad Pontificia Salesiana -o Ateneo Salesiano, como también se le conocía- trabaja como profesor de Teología Moral Especial (1967-1976) y de Derecho Canónico (1976-1991), decano de la facultad de Derecho Canónico, vicerrector (1987-1989) y rector (1989-1991). Añadió su labor como profesor visitante de Derecho Eclesiástico Público en la Lateranense desde 1978 y sus colaboraciones en la redacción de la última parte del Código de Derecho Canónico.

Ordenación episcopal y contacto diario con Ratzinger

En 1991, Juan Pablo II le designa obispo de Vercelli. Cuatro años pastorea la grey de esta diócesis, muy cercana a su tierra natal y la más antigua de las que ocupan la región del Piamonte. Durante esta fase, es presidente de la Comisión Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Italiana. Sin embargo, se le pide un paso más en 1995: recibe el nombramiento de secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe de la que había sido consultor por una década. Allí, bajo la prefectura del entonces cardenal Ratzinger, comienza a lidiar con las cuestiones que atañen a la defensa de las verdades eternas y del magisterio. Ya en 1988 había formado parte de la comisión que sostuvo conversaciones con monseñor Lefebvre para evitar el cisma de los tradicionalistas que no aceptaban el Concilio Vaticano II.

Se le confían secretos de gran calado: a él se le encargó la difusión del tercer secreto de Fátima, que Juan Pablo II había mantenido hasta entonces en prudente silencio. En el final de siglo, la Congregación elabora varios documentos importantes: la declaracion Dominus Iesus, las reglas para el examen de doctrina, las cuestiones reservadas a su dictamen y algunos consejos para la actuación de los católicos en la vida pública. Además, dirige el caso Milingo, arzobispo africano que ordenó sin permiso varios prelados y que dejó la Iglesia para casarse con una mujer de la secta Moon.

Una gran sede y un capelo rojo

En el gran consistorio de 2003, el Papa polaco ve que ha llegado el momento de que asuma tareas de gobierno más amplias. Le nombra arzobispo de Génova, una de las grandes sedes italianas, y poco después le suma al Colegio cardenalicio. Declaró que no se oponía a la construcción de mezquitas y repudió las viñetas ofensivas contra Mahoma en algunos países nórdicos. Tildó de "castillo de mentiras" al Código da Vinci y radió partidos de la Juve en una emisora local.

La muerte del Pontífice provoca la elección del sucesor, un viejo amigo que pronto le reclamará a su lado. Ya forja un perfil político que le granjeará importantes relaciones con el mundo italiano. Su perfil amable, su capacidad para sonreír y sobreponerse a épocas complicadas y su cercanía personal, más allá de una ortodoxia que bien conoce, le avalan. Algo que no obsta para haber concentrado contra su reputación a los lenguaraces de los dimes y diretes.

El momento de la responsabilidad

El 15 de septiembre de 2006, Benedicto XVI le nombra secretario de Estado. Como número dos de la Santa Sede, llega en un momento particularmente complicado, con varios asuntos de pederastia acechando a la institución. De su sensatez habla bien que le pidiese un margen de meditación y reflexión al Papa antes de aceptar. Pese a que domina italiano, inglés, español, portugués y alemán, empleó su falta de fluidez en el inglés para advertir al alemán de que quizá no fuese el adecuado. A tenor de los hechos, el Santo Padre consideró lo contrario; "tenemos muy buenos intérpretes aquí", cuentan que le respondió.

Un año después, otro importante cargo aparece en su currículum, el único que conserva justamente ahora: el de camarlengo. Nadie desde 1978 había detentado ambos puestos, otra señal de la confianza que genera. Vox pópuli, aunque siempre puesto en, son sus malas relaciones con Angelo Sodano, decano del Sacro Colegio, y con el presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, Bagnasco. Ahora se encargará de facilitar la transición entre el ya Papa emérito y el nuevo ocupante de la silla de Pedro.

Diplomáticamente, ha gestionado difíciles envites, como los viajes a Cuba y a Turquía. Ha tenido que ver en la mejora y profundización del ecumenismo a través de los encuentros con diversos patriarcas ortodoxos, obispos anglicanos y ministros protestantes. Contribuyó a solventar las incomodidades de ciertos sectores musulmanes por el discurso de Ratisbona, lleno de mesura y en pro de una colaboración entre razón y fe. Le han salpicado algunas medidas del asunto del obispo tradicionalista Williamson y que se atacase al Papa en casos que la secretaría podía haber amortiguado.

Y, cómo no, en lo que respecta al Vatileaks. La revelación de documentación privada de Benedicto XVI por su mayordomo destapa un problema serio de seguridad en Roma y la suposición de que existe toda una red, quizá de infiltración, contra la que la secretaría de Estado debe luchar. La salida a la luz del tema le señaló, pese a que el Papa le descargase de responsabilidad y le defendiese públicamente. Algo que Bertone, de modo implícito, le agradeció hace menos de un mes en la última misa antes de que se produjese la renuncia.

Un trabajo poco agradecido

En definitiva, un signo de contradicción en su valoración como secretario de Estado. Con 78 años, se espera que resulte fundamental en el cónclave, más como orientador de votos que como papable. Cabe la duda de si el próximo Papa le renovará en el cargo o le permitirá descansar y salir del primer plano fotográfico. Como miembro de casi todos los Pontificios Consejos y Congregaciones, todavía puede aportar mucho por sus conocimientos y su experiencia. Y su labor se podrá juzgar con el paso de los años.

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