Domingo 04/12/2016. Actualizado 01:00h

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Crónica de Roma

Los que niegan a Dios son infelices

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En el tercer y último día de su viaje apostólico a Chequia, el Papa dejó una clara consigna; la necesidad de personas creyentes y creíbles, que extiendan en todos los ámbitos de la sociedad los principios e ideales cristianos, en un momento en que parecen haberse difuminado e incluso o enterrado.

Con este nuevo llamamiento, Benedicto XVI no se dirige exclusivamente a los gobernantes, pero también a ellos. Los maestros en el arte de la interpretación han querido imaginar que estas palabras del pontífice son un pescozón al primer ministro Berlusconi tras las polémicas surgidas en los meses pasados acerca de su vida privada y la dimisión del director del periódico de la Conferencia Episcopal Italiana, Dino Boffo.

El padre Federico Lombardi, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, aclaró que Berlusconi había hablado con el cardenal secretario de Estado, Tarcisio Bertone, sobre temas internacionales, como el G20 y la crisis económica, y posteriormente se limitó a acompañar al Papa a la escalerilla del avión que le condujo a Praga el sábado pasado.

Ayer, en la memoria de San Venceslao, fiesta nacional en la República Checa, el Papa recordó que en el siglo XX, también en esa tierra, muchos poderosos cayeron, y de repente se encontraron desprovistos de su poder. En este contexto aseguró que quienes se empeñan en negar a Dios y en consecuencia, no respetan al hombre, creen tener una vida fácil y lograr el éxito material, pero en el fondo son personas tristes e insatisfechas.

El Papa fue más lejos al explicar que el valor auténtico de la vida humana no se mide solo con bienes materiales e intereses pasajeros, porque no apagan la sed de sentido y de felicidad que hay en todo ser humano. La receta, clara y exigente, es seguir el camino estrecho de la santidad, lo cual se traduce en ser coherentes con los principios y con la fe que se profesa. Y es que, según Benedicto XVI, "no basta con parecer buenos y honrados, es necesario serlo realmente”.

Por Alfonso Bailly-Bailliére