Domingo 04/12/2016. Actualizado 01:00h

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Crónica de Roma

Radiografía del continente africano

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“Ha llegado el momento de “cambiar de marcha” y de decir la verdad sobre África con amor, impulsando el desarrollo del continente que llevará al bienestar de todo el mundo”. Con estas palabras, el relator general del Sínodo lanzaba un desafío a los padres sinodales que estos días se reúnen en el Vaticano para debatir sobre las cuestiones que les afectan.

Las primeras intervenciones de los prelados africanos han presentado un continente desangrado por conflictos fratricidas, que exige intensificar la labor de los agentes pastorales en materia de reconciliación.

No han querido ocultar que las principales causas de los conflictos son el egoísmo, la avidez y las cuestiones étnicas, frente a lo cual hay que atajar con valentía este problema con directivas pastorales para que África sea un lugar de paz.

Algunos, como el cardenal Polycarp Pengo, arzobispo de Dar-es-Salaam (Tanzania) y presidente del Simposio de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar, fueron más lejos al denunciar el abuso de poder, el tribalismo y el etnocentrismo, reconociendo que desgraciadamente muchos jefes religiosos están implicados en esos conflictos, bien participando directamente o por omisión.

La principal preocupación de la Iglesia en países como Somalia, de donde llegan noticias preocupantes últimamente por los secuestros de los piratas del mar, es la persecución religiosa que aún se vive, tanto de católicos como de protestantes.

Algunos padres sinodales han hablado de la urgencia de la formación de los cristianos a la justicia y la paz en los diferentes niveles de la comunidad cristiana. Concretamente para los laicos que trabajan en las distintas instituciones civiles, en los partidos políticos, en el parlamento, que deben ofrecer un verdadero testimonio de la reconciliación, de la justicia y de la paz.

Otro de los problemas que emergen del África presentado por los participantes en el sínodo es el éxodo de los millones de prófugos, de emigrantes que buscan una patria, una tierra de paz. Para muchos de ellos todo acaba en una tragedia, porque son objeto del tráfico de seres humanos (en particular, las mujeres) y del desprecio de los derechos humanos.

Según las intervenciones de los que proceden de otros continentes, es digno de mencionar el beneficio que supone para América la experiencia de tantos africanos que llegaron en busca de una nueva vida y que traen consigo una fe católica profunda y dinámica, que estimula a no dejar de lado las tradiciones espirituales.

De Asia llega el reconocimiento de que la Iglesia en ese continente comparte experiencias parecidas de dolor con África por el aumento de la pobreza y la marginación de los pueblos y la incapacidad de competir con los potentes en un orden económico global. Pero también se alegra con ella por la solidaridad de las personas de clases sociales y tradiciones religiosas diversas que trabajan por un orden social más justo, pacífico y fraterno.

Por ultimo, la Iglesia en Oceanía y en África se siente unidas por sus agencias, que han hecho mucho para ayudar a la gente a recuperar el equilibrio en sus comunidades y a controlar los riesgos que conllevan las calamidades naturales. De ahí el aliento a seguir aprendiendo unos de otros.

Por Alfonso Bailly-Bailliére