Jueves 08/12/2016. Actualizado 01:00h

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Crónica de Roma

Dos días después de la Manifestación de Madrid el Papa insiste en la defensa de la vida

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Europa debe sostener la vida humana en todas sus fases y la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer. Así lo afirmó el Papa al recibir ayer las cartas credenciales del nuevo representante de la Comisión de las Comunidades Europeas ante la Santa Sede, Yves Gazzo.

Benedicto XVI aprovechó para recordar además algo que tanto él como su predecesor Juan Pablo II han repetido hasta la saciedad: que los valores de la Unión Europea son fruto de una larga historia en la que la religión cristiana ha desempeñado un papel de primer orden.

También fue muy claro al explicar que cuando la Iglesia habla de las raíces cristianas de Europa no busca un estatuto privilegiado para ella. Por el contrario, desea recordar una verdad, "que cada vez es más silenciada", esto es, la inspiración cristiana de los padres fundadores de la Unión europea y el hecho de que los valores provienen principalmente del patrimonio cristiano, que siguen alimentándolo.

Tras llamar la atención ante el consabido riesgo de que los valores sean manipulados por individuos y grupos de presión que quieren hacer valer sus intereses particulares en detrimento del bien común de los habitantes del Continente, subrayó que Europa no debe permitir que su modelo de civilización se deshilache.

La visión trascendental de la persona "es el tesoro más grande del patrimonio europeo", recordó el pontífice, asegurando que las riquezas intelectuales, culturales y económicas del continente fructificarán si son fecundadas por ella.

En este contexto, se refirió a la necesidad de un justo equilibrio entre la eficacia económica y las exigencias sociales y a la salvaguardia del ambiente. Pero, aún lo más importante, es que las naciones europeas presten el "apoyo indispensable y necesario a la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural y a la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer”.

Por Alfonso Bailly-Bailliére