Jueves 23/11/2017. Actualizado 01:00h

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El periodismo y el Espíritu Santo

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Desde que el día 11 de febrero a media mañana la noticia de la renuncia del Papa azotase como un vendaval el panorama de la información religiosa y se colase en las portadas de todos los medios de comunicación, del signo que fueran, del país, el continente o la lengua que fueran, se ha hecho mucho y buen periodismo. Grandes profesionales de la comunicación han sabido transmitir unas noticias que lo son por la importancia que tienen, por la relevancia de su protagonista, por el impacto, innegable, para la humanidad y, en particular, para el orbe católico que no es pequeño.

Las palabras del Papa en sus últimas apariciones públicas han resonado una y otra vez en radios y televisiones. La prensa ha recogido todos los detalles. Internet se ha convertido en un hervidero de agradecimientos, de aplausos infinitos, de oraciones en cadena. Curiosamente, la malentendida libertad que da el anonimato de las redes sociales no ha dejado demasiadas perlas entre los que quieren atacar a la Iglesia.

Pero la maldad en los medios se cuela de manera más sutil, llega en forma de informaciones oportunistas, pero sobre todo, en forma de deliberadas injurias y calumnias de autores que saben que, ni Benedicto XVI "oculto al mundo" en su nueva vida de plegaria, ni ninguno de los cardenales, curiales, obispos, sacerdotes y demás larga lista de inportunados, se querellará jamás contra estos medios.

Algunos periodistas -los menos, por fortuna- tienen una interpretación muy laxa del contenido del artículo 20 de la Constitución y olvidan que el derecho a expresar y difundir libremente nuestras opiniones tiene su freno en el derecho al honor, a la intimidad y la propia imagen de los demás, y que el derecho a informar está muy bien delimitado por un adjetivo que exige la profesionalidad de los medios que es la veracidad.

Se avecinan días convulsos en lo que a la información se refiere. Grave será lo que se lea, se escuche o se vea, sin duda. Pero no hay que olvidar, nos lo ha recordado Benedicto XVI, que la barca de Pedro, aunque zozobre, no se hunde y que el Espíritu Santo podrá entrar, una vez más, en la Capilla Sixtina cerrada con llave.

Zenón de Elea

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