Martes 12/12/2017. Actualizado 01:00h

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A Francisco le gustan unas rosas blancas de Centroáfrica

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Me cuenta un amigo carmelita que vive en Roma, una historia tan conmovedora como emotiva. Trata de unas rosas blancas que crecen en la República Centroafricana. Cuando visitó su comunidad en aquel país africano, recogió dos rosas blancas, sabiendo que al papa Francisco le gustan especialmente, pues le evocan la protección de santa Teresita.

Ya en Roma, aprovechando una audiencia general en la que estaban en sitio preferente para presentarle algunas iniciativas del V Centenario de Santa Teresa, le entregó aquellas dos rosas y se las dio, contándole de dónde provenían.

A mi amigo carmelita teresiano, le conmovió el modo en que las recibió, diciéndole a su mayordomo: “Esto llévelo a mi despacho”. Este carmelita, fuerte como una roca pero sensible como un niño, se echó a llorar y estuvo así hasta que un pobre gendarme le dijo que se tenía que ir, aunque se compadeció de él y le dejó quedarse un rato más.

“Creo que no he hecho nada mayor en mi vida, ni lo haré por mucho que viva, que entregar esas rosas centroafricanas al papa”, me cuenta en confidencia, aunque me permite publicarlo.

Hoy termina el viaje apostólico del Papa a África. Ha visitado a personas sufrientes y ha despachado con mandatarios.

Especialmente conmovedor fue el encuentro con los jóvenes de Uganda y los testimonios de Winnie de 24 años, -que tiene sida desde que nació y se quedó huérfana con 7 años-, y de Emmanuel, que con 12 años le secuestraron junto a 41 chicos más. Durante tres meses pasó hambre, torturas, frío. Algunos chicos fueron asesinados pero él logró escapar. Ahora, universitario, es capaz de perdonar a sus torturadores, les perdona porque “Jesucristo quebrantó el poder de la muerte al sufrir en la cruz”.

Al Papa le dolieron estos dos testimonios, pero quiso dirigirse a todos los jóvenes reunidos en un antiguo aeropuerto de Kampala con esperanza: “¿Están dispuestos a transformar el odio en amor?”


Zenón de Elea



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