Domingo 17/12/2017. Actualizado 01:07h

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Tribunas

Mi vida y mi muerte pertenecen a Dios

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Un artículo de...

Pilar Gonzalez Casado
Pilar Gonzalez Casado

Profesora Agregada a la Cátedra de Literatura árabe cristiana de la Universidad San Dámaso.

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Estas palabras, que bien podrían atribuirse a San Pablo, quien se gloriaba de proclamar que tanto si vivía como si moría, era del Señor, proceden del Corán. Con ellas Dios expresa su dominio y señorío sobre el hombre desde el día de su nacimiento hasta el de su muerte: «¡Di!: "Mi azalá, mis prácticas de piedad, mi vida y mi muerte pertenecen a Dios, Señor del Universo"» (6, 162). Cualquier cristiano puede compartirlas.

Poco nos dicen las otras fuentes de la fe islámica, como la vida del Profeta o los hadices, sobre la relación existente entre la vida y la muerte. Es el Libro sagrado el que se muestra más explícito. La muerte aparece como el gran enemigo del hombre del que nadie puede escapar. Sólo el poder de Dios puede llevar de la muerte a la vida, porque Él es el Viviente, el que no muere.

El hombre se pregunta: «Cuando muera, ¿se me resucitará?» (19, 66). La capacidad de Dios de crear vida, abarca también la muerte, lo que le distingue de los ídolos, seres fabricados e inertes, incapaces de generar vida. Como la vida del hombre procede del soplo divino que Dios insufló en Adán cuando le creó; este espíritu, el principio vital, abandona el cuerpo en el momento de la muerte, para volver a él en el de la resurrección y hacerle vivir de nuevo. La resurrección testimonia el supremo poder de Dios sobre la vida y la muerte y restaura al hombre a su estado original: la muerte es un nuevo acto de creación y de vida que devuelve al creyente al paraíso. Con algunas matizaciones de peso, un cristiano también suscribiría esta última afirmación.

La vida humana terrenal es un regalo divino y está concebida como un periodo de tiempo de prueba cuya duración ha fijado Dios el día del nacimiento, instante a partir del cual el hombre ha de demostrar su adhesión a los mandatos divinos para salvarse. Dios, y no el destino, es el que decide la muerte de cada uno y le hace morir, porque en la muerte ejecuta también su voluntad. Vida y muerte son instrumentos de la providencia divina.

Aunque este último párrafo no lo apoyaría un cristiano, porque sabe que la muerte entró en el mundo por la acción del Maligno y la libertad del hombre, que le llevó a escuchar a Satanás y a desoír a Dios, que no decretó ni quería ni quiere la muerte de ningún hombre; aunque sabe que la resurrección de la carne gloriosa es más que volver a la vida del paraíso superado por los cielos nuevos y la tierra nueva; sabe, como el musulmán, que Dios quiere que el hombre viva eternamente y que la muerte no es el final del camino.

Cristiano y musulmán se glorían, frente a las afirmaciones ligeras de algunos historiadores, sociólogos y críticos, y frente al folklore oscurantista de Halloween, del bien que la religión ha traído al mundo: vida y no muerte, ansias de vivir para siempre y no la penumbra de la muerte. Ambos se glorían juntos de que definitivamente la fe haya dado calabazas a la muerte.

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