Domingo 22/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La verdad sobre el caso Roger Mahony

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Hoy va de plagios. El título se inspira en una famosa novela de 1975, La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza: un funcionario internacional daba el salto al primer plano de la literatura española. Se puede leer aún con gran interés, junto con La ciudad de los prodigios. Dudo que el resto perdure, al margen de crecientes puyas anticatólicas.

Tampoco conozco personalmente a Massimo Introvigne, aunque he leído muchas cosas suyas, en el contexto de su tarea al frente del Centro de Estudios sobre Nuevas Religiones de Turín. Un amigo italiano me envía un artículo reciente: http://www.lanuovabq.it/it/articoli-conclave-attaccano-mahony-per-punire-la-chiesa-5847.htm. Prácticamente me limitaré a traducir y resumir. Como otros recientes, podría ser un caso "de libro" para la enseñanza de la ética de la información en las Facultades universitarias.

Me parece casi un prototipo de informaciones recientes en el contexto de la renuncia de Benedicto XVI y las especulaciones sobre la convocatoria y el contenido del próximo cónclave. No digamos sobre la personalidad de los diversos cardenales "papables". Asombra la facundia de tantos, que nada sabían ni habían imaginado antes del 11 de febrero.

Ante todo, la información difundida en Europa sobre el actual arzobispo de Los Angeles respecto de su predecesor, es justamente la contraria. El cardenal Mahony no está sujeto a ninguna pena canónica. Su sucesor, el arzobispo José Gómez, lo ha explicado en una carta a sus sacerdotes. Ahí se puede leer que "sigue habiendo confusiones en diversos medios de comunicación sobre el cardenal Mahony. He precisado, en una declaración precedente, que el cardenal Mahony, como arzobispo emérito, no tiene tareas administrativas específicas; pero sigue siendo un obispo en plena comunión con la archidiócesis de Los Angeles. Tiene pleno derecho a celebrar todos los sacramentos de la Iglesia y a ejercer su ministerio entre los fieles sin ninguna restricción. Promovido a la dignidad de cardenal, tiene también todas las prerrogativas, derechos y deberes de un cardenal de la santa Iglesia Romana". Monseñor Gómez va aún más lejos, y manifiesta su convicción de que "los resultados obtenidos y la experiencia del cardenal Mahony será útiles al colegio de cardenales".

Introvigne se pregunta de qué se acusa al cardenal Mahony, obispo de Stockton de 1980 a 1985 y arzobispo de Los Ángeles de 1985 a 2011. La clave habría que buscarla en una película de 2006, Deliver Us from Evil (Líbranos del mal), de Amy Berg. Un antiguo sacerdote, condenado en 1993 a catorce años de prisión, y luego en 2012 a tres por posesión de pornografía infantil con imágenes de niños, se prestó a decir que había sido protegido por Mahony y la diócesis de Stockton, de la que esperaba conseguir unos millones de dólares.

Pero en el juicio civil se demostró que no fue así. Mahony llegó a Stockton en 1980. Entre 1980 y 1984, se enfrentó a tres casos de sacerdotes acusados ​​de abusos sexuales a menores: no sólo investigó, sino que informó a la policía. En dos casos, ésta confirmó las sospechas, y fueron suspendidos a divinis, es decir, excluidos del ministerio sacerdotal. En el tercer caso, justamente el del film de Berg, la policía archivó el asunto y declaró la inocencia del imputado. Mahony se limitó a trasladarlo, pues no parecía peligroso, también a juicio de los psicólogos que lo examinaron a petición de la diócesis. Se equivocaron. El error de Mahony fue hacerles caso a ellos, y a la policía. Así como confiar demasiado en los "centros de rehabilitación".

Mahony pudo cometer errores, pero en modo alguno fue cómplice de pedófilos, como muestra la abundante documentación. Por eso, "nunca ha sufrido condenas penales, ni de resarcimientos por daños y perjuicios en causas civiles". Fracasaron sistemas en materia de pedofilia que se presentaban como eficientes y avanzados. Pero, concluye Introvigne, "convertir a un obispo que ha cometido errores en un criminal, va no sólo contra la caridad, sino también contra las reglas del buen periodismo".

Al caso de Los Angeles se unen estos días escándalos prefabricados por periódicos que conservan aún cierta credibilidad, aunque no son ya "diarios de referencia", menos aún en materia religiosa: al fundamentalismo laicista unen ahora una morbosidad propia de la prensa amarilla, que habla de confabulaciones sexuales y del lobby gay. Más reflejan la biografía de algunos periodistas que la realidad. Desde luego, volverán a estrellarse con la Jerarquía de la Iglesia, que confirmará sus enseñanzas morales y su defensa de la vida, la familia y la libertad religiosa.

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