Sábado 18/11/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El valor de las cenizas

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Un artículo de...

Jesús Ortiz
Jesús Ortiz

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En el lenguaje jurídico un cadáver es un «bien movible de naturaleza especial»; se comprende la denominación pero no somos capaces de aplicarlo a nuestros seres queridos: porque son mucho más. Sin embargo la costumbre actual de incinerar un cadáver lleva a veces a tratar sus cenizas simplemente como un objeto movible para colocar en el cuarto de estar junto a unas fotografías de la familia.

Fe y sensibilidad

La Santa Sede acaba de presentar el documento «Ad resugendum cum Christo» sobre la inhumación (enterrar en la tierra o humus) o la cremación de los cadáveres: una invitación a reflexionar sobre el destino que damos a los restos mortales de los fallecidos. Hay aspectos de fondo y otros de forma, todos importantes.

De forma es que estas consideraciones están dirigidas especialmente a los católicos que quieren vivir su fe y aceptar las enseñanzas de la Iglesia, sin ponerse a la defensiva crítica ante sus exhortaciones. Y de fondo es la fe en Jesucristo resucitado que ilumina toda la vida de los creyentes en la tierra, así como la muerte y el tránsito a la vida eterna.

Las opiniones y la sensibilidad de cada uno son respetables, lo cual no quiere decir que siempre estén acertadas. Para algunos tener las cenizas de los padres bien juntas en la chimenea acompañadas de un bonito florero es muestra de cariño y de buen recuerdo. Sin embargo no se puede extrapolar como si fuera el mejor modo de rendir culto a los difuntos. Y habrá que dedicar alguna reflexión sobre la costumbre cristiana y las repercusiones para vida de fe. Porque esa custodia de las cenizas también la practican los budistas, sintoístas y otras religiones. Y entonces tendremos que pensar ¿en qué se diferencian las diversas religiones?, ¿acaso todas son equivalentes?, ¿nos apuntamos al supermercado de las religiones según el gusto y sensibilidad de cada uno? Y esto en un ambiente hasta ahora cristiano.

Cómo va la fe en la Resurrección

Desde los orígenes hombres han enterrado a los muertos mediante sepulturas más o menos elementales, como bien saben los arqueólogos, y cualquier persona que conoce las costumbres de los egipcios, de los íberos, o de los incas. Lo extraño ha sido conservar las cenizas entre cuatro paredes.

Y sobre todo, la fe en la Resurrección de Jesucristo es esencial para el cristiano, pues como escribe san Pablo a los corintios «si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo es que algunos de entre vosotros dicen que no hay resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe».

La Resurrección de Jesucristo es pues anticipo de nuestra resurrección, y mientras tanto el cadáver que indudablemente se descompone ha sido venerado en lugares sagrados específicos, como los cementerios, en tumbas, nichos o columbarios, que pueblan la vieja Europa, y que estos días visitamos como un acto de familia y de fe. De modo que aceptar estas indicaciones de la Iglesia viene a ser como un test para que cada uno y cada familia sepan cómo anda su práctica de la fe.

Ciertamente no sabemos los detalles de esa futura resurrección, como de tantas otras cosas, pero sabemos que Dios es poderoso para resucitar los cuerpos haciendo que el alma inmortal de cada uno vuelva a informar la materia para volver a constituir una persona determinada con su propio yo, alma y cuerpo. Los creyentes tenemos además  esperanza segura en que Jesucristo lo ha prometido y Dios cumple siempre sus promesas.

Si ahora se extiende la cremación como medio más práctico y económico habrá que estar atentos para no perder el sentido de fe en la resurrección y en la vida eterna. Y es de agradecer que la Iglesia recuerde estas verdades -que también son accesibles al sentido común-, en medio de una sociedad secularizada que pierde poco a poco, con gestos aparentemente inocuos, sus raíces cristianas.

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