Sábado 18/11/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La tristeza de la jubilación

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Un artículo de...

Ángel Cabrero
Ángel Cabrero

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No deja de ser un contrasentido hablar de jubilación -o sea, de júbilo- unido a la tristeza. Para la mayoría de las personas el momento de retirarse de la vida activa supone una tranquilidad, la idea de cobrar el dinero que se ha ganado honradamente después de muchos años de trabajo, duro o menos, intenso o menos, pero trabajo, con horario fijo, con preocupaciones y cansancios. Es una satisfacción. Aunque no lo es para todos, pues a algunos les gustaría que les dejaran más tiempo. Porque se lo pasa bien con su trabajo y pueden intuir aburrimiento.

Sería una pena que para esa gran mayoría que suspiran porque llegue el momento, que no ven el día en que les toque, que miran el calendario, los días, las semanas, resulte que a las pocas semanas de producirse el acontecimiento jubiloso se encuentran vacíos, tristes, aburridos, y el júbilo se les quede en tristeza.

En esto, desde luego, hay gente para todo. Los hay que están deseando dejar de trabajar para hacer de todo. Viajan, leen, pintan, asisten a acontecimientos sociales, a conferencias o conciertos mucho más que antes, porque tienen tiempo. Pero también los hay que no saben pintar, que les aburre leer, que no valoran ni una pizca ir a un concierto y, el colmo, no les apetece estar con otras personas, y por lo tanto no les apetece viajar ni participara en eventos donde se encontrarán con otros muchos jubilados.

La pena es que estas cosas ocurren sin previo aviso. Uno solo piensa en dejar de trabajar, como ya le pasaba todos los viernes, como ocurría cuando suspiraba por el próximo puente. Pero aquello era un descanso para después seguir. Ahora, ya jubilado, es para siempre. Y de pronto se da cuenta de que tiene mucho tiempo en casa, como si fuera un inmenso fin de semana, pero tiene poco que hacer.

Hay quien ha pensado suficientemente en su retiro laboral y ha hecho planes. Hay bastante gente que llena su tiempo de libre en actividades de voluntariado. No es como cuando trabajaba, pero tiene un cierto horario. Cuentan con él, lo cual no deja de ser animante. Se cansa, y es un cansancio productivo. No le pagan por ello, y por eso es más palpable la alegría de la generosidad. Porque dedicar tiempo a otros gratis tiene su emoción.

Los hay que no paran, de viaje en viaje. Lo que no han hecho en años, quizá casi nunca, lo hacen ahora. Sin duda es más atrayente cuando tienes compañía, cuando viajas con tu marido o con tu mujer. Pero se aprende mucho, se ven cosas que solo había visto malamente en una foto. Aunque, en todo caso, lo que está claro es que no puedes estar todo el día en el bus. No lo resiste el presupuesto ni las fuerzas, ya un poco disminuidas.

Los abuelos pueden hacer una labor extraordinaria, precisamente porque están en casa, y porque son abuelos. A veces surge, tímidamente, la queja: estos se están pasando, están abusando de la confianza… pero en el fondo está la alegría de poder servir.

La jubilación hay que prepararla, no basta con esperarla, que luego se queda uno con un pasmo de narices. Se pueden hacer cosas bonitas, y lo que más llena es lo que cuesta un poco, pero se hace por generosidad, por caridad, por servir. Es bueno hacer planes, no dejarse llevar por una espera pasiva, para que al dejar el trabajo profesional de toda la vida se encuentre uno con la alegría, con el júbilo, de seguir haciendo cosas de provecho.

Vita Sackville-West, Toda pasión apagada, Alfaguara 2016

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