Viernes 20/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La transmisión de la fe: una tradición viva

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La fe cristiana puede sintetizarse en las palabras de Jesús cuando envía a sus apóstoles: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en al nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado” (Mt 28, 19-20).

Esa es la fe que siguiendo el ejemplo y el mandato de Cristo, predicaron los apóstoles. Es la fe que explican los Evangelios, de forma narrativa, para diversos destinatarios. Es la fe que vivieron y “rezaron” los primeros cristianos (individualmente y en la liturgia de la Iglesia) y la transmitieron a sus amigos, parientes y conocidos, con ocasión de sus relaciones sociales y sus viajes. Ese núcleo primero de la fe cristina (la fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo) se “desplegó” en los primeros siglos a través de “fórmulas de fe”. Las más importantes son los “Símbolos de la fe” o Credos (como el llamado Símbolo de los Apóstoles y el Credo de Nicea-Constantinopla, que seguimos rezando en la misa). Sirvieron como síntesis de la “tradición” (del latín “tradere”, entregar) de la Iglesia, que es vida y doctrina, también para hoy, como condición para que la fe siga transformando los corazones, las inteligencias y las culturas.

Muy pronto (sobre todo en la época de los Padres de la Iglesia) se elaboran textos catequéticos de ayuda para transmitir la fe. Más adelante, para explicar la fe a los niños ya bautizados desde su primera infancia por sus padres cristianos, nacen los catecismos propiamente dichos. Desde muy pronto contenían, con órdenes diversos, los cuatro elementos o “pilares” de la vida cristiana: el Credo, los sacramentos, los mandamientos y la oración.

Los catecismos explicaban la doctrina cristiana de acuerdo con lo que parecía necesario en cada época. Por ejemplo, se subrayaban determinados aspectos para contrarrestar algunos errores. Con ocasión de la evangelización en el Nuevo Mundo, los misioneros elaboraron catecismos que pudieran servir para transmitir la fe a los indígenas, y para escribirlos tuvieron que “inventar” la transcripción al alfabeto latino los sonidos y las palabras que percibían en las lenguas nativas. De la misma época data la clasificación en dos niveles: Catecismo mayor y menor (éste último dedicado a la educación más elemental o a la educación para los niños).

Haciendo un paréntesis señalemos que la catequesis, como se ha entendido desde los primeros cristianos, no se reducía a la educación cristiana de los niños, sino que siempre la Iglesia ha previsto una formación inicial y también permanente de los adultos todo bajo el marco de la catequesis. Sólo en los últimos siglos la catequesis viene identificándose con la formación de los niños. Importa tener en cuenta esto porque en rigor “catequesis” significa la educación en la fe que requieren todos los cristianos, en todas sus edades y circunstancias.

Hasta el actual Catecismo de la Iglesia Católica, el Catecismo mayor más importante fue el llamado Catecismo Romano o Catecismo de Trento, mandado elaborar por el mismo Concilio. Después vinieron algunos catecismos llamados “postridentinos” (los de Canisio, Belarmino, Auger, Ripalda y Astete), elaborados para niños o jóvenes, que ayudaron a formar a muchos cristianos. Progresivamente el catecismo se intelectualizó: presentó los contenidos de la fe en un contexto "nocional" y difuminó la inspiración bíblica del Catecismo Romano.

Posteriormente los catecismos dependieron excesivamente de los debates y disputas doctrinales del momento. Por eso la jerarquía de la Iglesia tomó en su mano el impulso de la catequesis. Particularmente San Pío X promovió la catequesis con su encíclica Acerbo nimis (1905) y su Catecismo mayor, de 1913.

Por distintos motivos en los últimos siglos venía creciendo la necesidad de defender la unidad de la fe: primero por la separación de los protestantes, y luego por la Ilustración y el racionalismo. En el Concilio Vaticano I se pidió un catecismo menor o pequeño (“parvo catecismo”) para toda la Iglesia; pero no se llevó a cabo, quizá por la conciencia de que la unidad de la fe no debe mantenerse a costa de la diversidad de las culturas, siendo así que un catecismo menor debe estar contextualizado para una determinada región o país.

En los tiempos del Vaticano I la catequesis se centraba en la memorización de preguntas y respuestas del pequeño catecismo, seguida de una explicación y aplicación a la vida concreta.

Desde finales del siglo XIX hasta el Vaticano II y en adelante se asistirá a intentos de renovación catequética, tanto teológica como metodológica, con resultados desiguales. El Concilio Vaticano II (que Pablo VI llamó “el gran Catecismo de nuestro tiempo”) no dispuso la elaboración de un Catecismo universal, sino que decidió impulsar la educación en la fe dando orientaciones para la tarea catequética. Quiso que se hiciera un “directorio sobre la instrucción catequética del pueblo cristiano”, que sería el Directorio catequístico general (1971), mientras se dejaba la “inculturación concreta” de la catequesis para las Iglesias locales, las Conferencias episcopales, los catecismos regionales y otros subsidios adaptados a las distintas edades y a otras circunstancias.

Este primer fruto del Concilio se prolongó después, sobre todo con dos sínodos a los que siguieron las correspondientes exhortaciones: la Evangelii nuntiandi (1974) sobre la evangelización en nuestro tiempo, que entendía la evangelización en un sentido amplio como un proceso equivalente a toda la misión de la Iglesia, y la Catechesi tradendae (1979) sobre la catequesis como elemento de la evangelización; aquí se definía la catequesis como “educación de la fe de los niños, de los jóvenes y adultos, que comprende especialmente una enseñanza de la doctrina cristiana, dada generalmente de modo orgánico y sistemático, con miras a iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana” (n. 18).

En el Sínodo extraordinario de 1985, convocado para celebrar el 20º aniversario del Concilio Vaticano II, se pidió un Catecismo universal para toda la Iglesia que sirviera de referencia para la unidad de la fe. Juan Pablo II hizo suya esa petición y encargó su elaboración a una comisión presidida por el Cardenal Ratzinger.

Hoy contamos con el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio, como referencias para la transmisión de la fe, en esta “tradición viva” que es la vida los cristianos. Del Catecismo, Juan Pablo II escribió que “es la exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas e iluminadas por la Sagrada Escritura, la Tradición Apostólica y el Magisterio de la Iglesia”, y añadía: “lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial” (Constitución apostólica Fidei depositum, n. 4).

Sobre el Compendio del Catecismo, Benedicto XVI afirma que “es una síntesis fiel y segura del Catecismo….(y) contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia, de manera que constituye, como deseaba mi Predecesor, una especie de vademécum, a través del cual las personas, creyentes o no, puedan abarcar con una sola mirada de conjunto el panorama completo de la fe católica” (Motu proprio para su promulgación, 28-VI-2005). En esta encrucijada del tercer milenio ambos son instrumentos valiosos para la nueva evangelización. Sobre esa base, y con una gran diversidad de métodos (tan variados como la vida misma) se puede ayudar a transmitir la fe, en las familias y en las parroquias, en las escuelas y en los grupos cristianos.

Ramiro Pellitero, Universidad de Navarra iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com

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