Lunes 23/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

No tolerar intolerancias ni instrumentalizaciones religiosas

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Voy leyendo las crónicas del viaje de Benedicto XVI a México y Cuba, y poco tienen que ver con las "previsiones" más o menos típicas. Algo semejante sucederá ‑eso espero‑ en Cuba, por mucho que se especule con la visita del Pontífice al anciano Fidel Castro. Desde luego, su hermano Raúl, como los actuales líderes cubanos, no quieren repetir los errores que cometieron hace casi veinte años con el viaje de Juan Pablo II: tienen demasiado fresca la vivencia de explosión de religiosidad popular en torno al nuevo centenario de la Virgen de la Caridad del Cobre.

No faltarán quienes se quejen de aprovechamiento político de lo religioso, pero, gracias a la prudencia y a la mediación de los obispos católicos de la Isla, muchos disidentes del Régimen han salido de la cárcel. No han conseguido todo, pero se advierten mejoras. Como sucede también en la Rusia de Putin, donde apenas hace nada el Estado hacía profesión beligerante de ateísmo y hoy admite la enseñanza de la religión en la escuela pública.

Los grandes convenios internacionales sobre derechos humanos reconocen con claridad la libertad religiosa. No lo he comprobado, pero me parece que es el tema que ha sido objeto de más sentencias del Tribunal europeo de derechos humanos, instituido justamente para salvaguardar la aplicación de la convención europea de 1950.

A mi parecer, es la primera de las libertades ideológicas, antes que las de expresión o información, presentes en las Constituciones de los Estados democráticos. Así, el Consejo Constitucional francés acaba de echar abajo una ley sobre el genocidio armenio, que sancionaba penalmente su negación. No sucede lo mismo con el Holocausto, como sufrió en su carne Roger Garaudy, filósofo marxista conocido internacionalmente en la segunda mitad del siglo XX por su protagonismo en el diálogo con el cristianismo. Luego se convertiría al Islam y publicaría hacia 1995 un libro "revisionista" sobre el Holocausto que le supuso una condena judicial.

Pero también instrumentalizan las creencias religiosas –no es una paradoja‑ los ateos madrileños que intentan por segundo año consecutivo llamar la atención durante la Semana Santa. De momento, les han prohibido la manifestación que pensaban organizar. Efectivamente, es una provocación, que puede causar alteraciones de orden público, aunque esta vez no estén en las calles de Madrid los legionarios con su Cristo de Mena. Quizá por eso, desoigan la prohibición, acostumbrados por desgracia como están desde hace tanto tiempo al "estado de hecho", es decir, al incumplimiento del derecho.

Porque el derecho humano a la libertad religiosa está lógicamente protegido por las leyes penales, también en España. No es cuestión de confesionalismos ni de cosas del antiguo Régimen. A veces, recuerdo a aquel conocido líder verde español que actuó en Dinamarca como si estuviera aquí y, claro, pasó varias semanas, incluidas las Navidades, privado de libertad: por aquellos pagos, parece que tienden a exigir el cumplimiento de las leyes, sin impunidades.

Habrá que estar atentos, porque el Observatorio sobre la intolerancia y la discriminación religiosa en Europa, son sede en Viena, que trabaja en estrecha cooperación con la OSCE, acaba de publicar un duro informe del año 2011: en una encuesta realizada en el Reino Unido, el 74% considera que hay más discriminación negativa contra los cristianos que contra otros creyentes (en 2009 el porcentaje fue del 66%). Y en Escocia, según datos oficiales, el 95% de los actos violentos por motivos religiosos se dirigen a cristianos; el 2,3 a hebreos, y el 2,1 a musulmanes. De modo análogo, el 84% del creciente vandalismo francés afecta a lugares de culto cristianos: 522 iglesias y cementerios, según datos de la policía presentados en la cumbre de la OSCE de Roma en septiembre de 2011.

Como señalan los directores del Observatorio, los cónyuges Gudrun y Martin Kugler, en la presentación del informe, "nuestro trabajo tiene como objetivo alentar a las víctimas de la intolerancia y la discriminación a contar sus historias, y a crear conciencia entre la gente de buena voluntad de que el fenómeno debe ser tomado en serio y requiere respuestas comunes".

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