Jueves 14/12/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La reforma en marcha de Papa Francisco

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Un artículo de...

Jesús Ortiz
Jesús Ortiz

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El reciente viaje del Papa Francisco a Bosnia-Herzegovina ha sembrado la paz necesaria en una tierra desmembrada y arrasada por la violencia. Un viaje breve y otro gesto del Papa comunicando la alegría del Evangelio. Nada nuevo en él y en continuidad con tantos viajes de sus predecesores. Sigue pues en marcha el programa de la Iglesia para este tercer milenio que tiene sus orientaciones fundamentales en la “Novo Millennio Ineunte” de Juan Pablo II, y en “Evangelii Gaudium” del Papa Francisco. Aquí me centraré en la reforma que está desarrollando este Pontífice.

Primado de la misión

Como es sabido, su programa reformista aparece en la Exhortación Evangilii Gaudium para poner en marcha a toda la Iglesia, desde la curia romana hasta las familias, pasando por las parroquias y los movimientos que promueven millares de vocaciones y forman católicos comprometidos en la primera línea de la misión. Todo resumido en ese “Quiero que la Iglesia salga a la calle” como impulso permanente al testimonio apostólico.

Pues bien, ha sido presentada en Roma la obra del vaticanista Andrés Beltramo sobre estos dos años del Pontificado del Papa Francisco, titulada “La reforma en marcha”, de joven editorial “Stella Maris”. Una obra bien trabajada, con documentación de primera mano y análisis rigurosos sobre la reforma en marcha promovida por este Papa. No resulta complaciente ni crítica y ayuda a conocer mejor a Francisco, a veces controvertido y no siempre bien comprendido.

El autor se pregunta: ¿de dónde surge su desarmante popularidad?, ¿cuáles son las claves para comprender a la persona detrás del mito?, ¿es posible que el líder religioso termine preso de sus propios gestos? No ofrecer respuestas simplificadas ni pretende hacer una biografía pues se concentra en los meses transcurridos desde la elección hasta el segundo aniversario, recién cumplido. Sí quiere hacer una crónica de las claves del Pontificado compuesta en gran parte por testimonios directos, entrevistas y sucesos que desvelan la fuerte personalidad del Papa. Esa crónica consta de diez capítulos abiertos precisamente en el prólogo con el “Quiero que la Iglesia salga a la calle…”. Sigue con el significado de su vivir en la Casa de Santa Marta; el proceso bien documentado de su elección; otro muy interesante sobre el estilo personal de conducir la reforma; y deja para el final el análisis del programa de Francisco, que no es otro que comunicar con gestos significativos la alegría del Evangelio.

Anclajes para el futuro de la humanidad

Beltramo destaca que Francisco apuesta por la “cultura del encuentro” basado en la confianza y ejemplaridad. Nada nuevo pero sí lleno de acentos específicos sobre la siembra de los anteriores Pontífices. Señala la evidencia de que Bergoglio quiere tocar con la mano la carne del hermano, poniendo en el centro a las periferias geográficas y del sufrimiento humano. No es un ideólogo del pauperismo como algunos han dicho, sino de un estilo de vida austero a todos los niveles en la sociedad consumista. En lo eclesiástico deja bien claro que en la institución bimilenaria de Jesucristo sobran las habladurías y la ambición de poder, y por eso ha llegado a señalar algunas patologías eclesiásticas. Precisamente por ello el Papa Francisco repite que los sacerdotes parecen ser como los aviones: son noticia sólo cuando caen mientras que apenas se notan cuando cumplen su elevada misión volando por esos mundos de Dios.

La defensa que el Papa como cabeza visible de la Iglesia hace de la familia merece ser bien estudiada por propios y extraños pues con ello está sosteniendo el pilar más importante de una sociedad con futuro. La cultura de la exclusión, por llamarla de algún modo, es rechazada por el Papa con gestos y palabras bien claros reclamando una mejor atención de los jóvenes y de los abuelos, de la mujer y la maternidad, y de la educación integral de los hijos. La novedad no está en la doctrina permanente de la Iglesia, proclamada con nitidez por san Juan Pablo II y Benedicto XVI sino en los gestos y el estilo característico de Francisco. Ahora que se dan tantos premios internacionales desde las instancias más altas, el Papa Francisco no necesita que le otorguen el Nobel de la Paz porque su trabajo de pastor tiene unas claves muy superiores y por ello más beneficiosos para el futuro de la humanidad, empezando por este Occidente inmerso en el invierno demográfico.

En esta obra, la imagen que emerge del Papa Francisco es la del buen pastor apasionado por mostrar al mundo que Jesucristo sigue vivo en cada ser humano necesitado de amor. El cambio de formas es también de estilo y más aún de fondo, aunque sin tocar lo esencial a fin de mostrar la misión profética de la Iglesia en el mundo actual. El autor ha hecho una buena investigación que supera bastante la media de lo que se escribe sobre este Papa. Sabe que el Papa Francisco sigue su instinto sorprendiendo con sus gestos, inseparables de sus enseñanzas pastorales, pues tiene un don para señalar la necesidad del mundo actual de palpar la misericordia de Dios con los hombres. Y el lector puede entender mejor a este Papa y sobre todo sintonizar con su reforma en marcha.

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