Sábado 18/11/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

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Semana Santa de suspiros; la realidad suspira; suspiros de amor; el amor del caminante es el mismo que el amor que se convierte en alimento para el camino; el amor de la pasión es el mismo que el de la Cruz, último grito, Cristo eucaristía, el mismo amor; suspira la eternidad; suspira el amor. Crucificado sólo hay uno; cruces, ni pocas, ni muchas. Pasión de Dios, pasión del hombre.

El que murió vive. Muerte a la muerte. Vida a la vida. Se abrió el cielo para que el hombre nazca a la eternidad. Se abrió el cielo con la voz de las entrañas, la intimidad de Dios que se hace transparente en la cátedra de la cruz; la sabiduría también es pasión y muerte y vida. Se abrió el cielo; crujió la tierra; se desgarró el corazón de Cristo por los pecados de los hombres, finitud trascendida y trascendente. No hay amor sin dolor. El paraíso es un abrazo.

¿Qué busca el corazón del hombre? Tengo sed; tienes sed; nada sacia la sed de infinitud, de verdad, de amor. No es nada, es alguien; un tú para el yo más íntimo, para que la identidad se lacre con los perfiles de la belleza que no se marchita.

Semana del amor sólido de los gemidos. Comenzó en la noche de Getsemaní y concluye una mañana. Getsemaní; Cristo en Getsemaní, los cristianos hemos abandonado Getsemaní. Allí está nuestra hora, esta hora. Allí también está el poder de las tinieblas. ¿Es posible creer sin escándalo? ¿Es posible creer sin crear? Signos de contradicción; escándalo de la cruz, del gemido de Dios que despierta la conciencia del hombre. En Getsemaní Cristo abrió nuestros ojos a la realidad. La ciencia ya no busca el conocimiento de la realidad, busca el poder sobre la realidad, la voluntad sobre la realidad. Cristo no es un mito de poder que justifica la destrucción de lo humano. Cristo, en la cruz, es el sentido que tocamos; la pasión del amor; Cristo es el sentido que palpamos con la inteligencia de la verdad; que escuchamos con la razón de la humildad. Semana Santa, esta Semana Santa, en la que el tiempo suspende el juicio de la historia. No más pronósticos, no más profecías, no más diagnósticos, esclavitud de estadísticas. Todo está cumplido. La primera palabra se convierte en última palabra, definitiva. Palabra y sentido; palabra y verdad uncidas a la exhalación del Espíritu, ungidas al misterio de una tierra y de un cielo que se abren a una nueva luz llamada esperanza. Ha resucitado. Cristo es nuestra Pascua.

José Francisco Serrano Oceja

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