Martes 24/10/2017. Actualizado 01:00h

·Publicidad·

Tribunas

Los obispos escriben sobre Jesucristo

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Un artículo de...

Jesús Ortiz
Jesús Ortiz

Más artículos de Jesús Ortiz »

Con frecuencia lo más urgente no siempre es lo más importante. Y los obispos españoles lo saben bien. Por eso la Comisión para la Doctrina de la Fe de la CEE ha publicado la Instrucción «Jesucristo, salvador del hombre y esperanza del mundo»[1]. Se trata de un nuevo documento centrado en Jesucristo para que cada creyente repase el fundamento de la verdadera fe. No se trata sólo de verdades teóricas porque influyen realmente en cómo vivimos. Recuerdo algunas ideas como segunda parte del artículo anterior en estas mismas páginas[2].

El apóstol Juan relata en su Evangelio que algunos judíos desconcertados con Jesucristo le espetan ¿Tú quién eres? Ven sus obras y oyen sus palabras de amor y paz, pero no saben explicarlo por falta de profundidad. Y principalmente por su cerrazón ante la luz plena del Salvador, a pesar de que poco antes Jesús se ha proclamado «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12), y después lo probará con el milagro del ciego de nacimiento. Contrasta este rechazo con la adhesión sincera de Pedro a Jesús descubriendo que «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» en Cesarea de Filipo (Mt 16, 16).

Desde hace más de veinte siglos Jesucristo viene siendo signo de contradicción: porque no es un personaje más y pide que todos los hombres nos definamos a favor o en contra. Por ello la Iglesia es cristocéntrica y misionera, y por eso mismo también es signo de contradicción.

Quién es Jesucristo

Son cuatro los apartados desarrollan el contenido de este documento: 1. Anunciamos a Jesús, Hijo de Dios encarnado, revelador del origen y destino del ser humano; 2. Jesucristo revela la verdad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; 3. Jesucristo, Salvador universal; 4. El encuentro con Jesucristo Redentor, principio de renovación de la vida cristiana y meta del anuncio evangélico.

Durante los dos últimos siglos se han dado reinterpretaciones de la Persona de Jesucristo atribuyendo su carácter divino estricto a la mitologización helenista, y separan al «Jesús histórico» del «Cristo de la fe». Para enterarse bien habría que leer el «Jesús de Nazaret» de Benedicto XVI - J.Ratzinger, donde dialoga con exégetas y teólogos de la reforma. Ahora, glosando las palabras «No se nos ha dado otro Nombre bajo el cielo en el que podamos salvarnos» (Hch 4,12), los obispos destacan que Jesucristo es Señor de todos los hombres, incluidos los que no le conocen aún; es el Mediador universal también para quienes siguen otra religión, porque el designio salvador de Dios es único por su muerte y resurrección redentoras, en beneficio de toda la humanidad en el tiempo y en el espacio.                     

Antídoto contra el individualismo

Ya en los primeros párrafos dicen los obispos que la fe en Jesucristo nos arranca del individualismo religioso tan extendido entre quienes hacen una religión a su medida, o dicen creer y no practicar cuando en realidad es lo contrario: como no practican no creen o creen a su modo ¿Aunque ese Jesús es realmente el de Evangelio? Porque el individualismo es una enfermedad que nace en la juventud y no acaba hasta la muerte, salvo que uno se abra a la gracia de Dios y a la mediación de su Iglesia.

Sobre el pluralismo religioso

Afirman los obispos que: «No se puede aceptar como doctrina de la Iglesia un supuesto “pluralismo asimétrico” que tan solo diferenciaría a unas religiones de otras por la capacidad de respuesta del hombre al ofrecimiento universal e igualitario que Dios hace al hombre de su amor irrestricto y sin acepción de personas. Cuando se habla de la divinidad de Jesucristo como la plena realización humana de Jesús, en aquella plenitud que haría de él la expresión más acabada del receptor de la presencia de Dios, se desfigura la fe de la Iglesia en Jesucristo. Si se habla de la actitud de Jesús ante Dios como la “máxima recepción posible” en los límites de una concreción histórica, no se ve de qué modo pueda evitarse reducir tan sólo a lenguaje la enseñanza de la Iglesia sobre la divinidad de Jesucristo» (n. 31).

Por ello, cuando hablan de la esperanza del cristiano no se refieren al optimismo natural al que uno se agarra como puede cuando sufre. La esperanza cristiana se apoya definitivamente en la Resurrección  y Ascensión gloriosa de Jesucristo al Cielo a la derecha del Padre. Y aunque parezca necedad a los oídos mundanos esperamos la resurrección de la carne, esa que escandalizó a los corintios cuando Pablo les habló de esa certeza (Hch 17, 32).

Porque hoy día con el barrer la muerte del horizonte cultural y social, con las cenizas arrojadas  al mar, o con las ceremonias laicas con poesías en lugar del Evangelio, pocos creen ya en la resurrección de la carne al fin de los tiempos, ni en la Parusía cuando Jesucristo cierre la historia humana, el tiempo de gracia y salvación ofrecido a los hombres libres.

Concluye el documento con palabras de Pablo VI en Filipinas: «Este es Jesucristo, de quien ya habéis oído hablar, al cual muchos de vosotros ya pertenecéis, por vuestra condición de cristianos. A vosotros, pues, cristianos os repito su nombre, a todos lo anuncio: Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; él es el mediador, a la manera de puente entre la tierra y el cielo; él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres, su madre según la carne; nuestra madre por la comunión con el Espíritu del cuerpo místico. ¡Jesucristo! Recordadlo: él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra por los siglos de los siglos».

Aunque antes Pablo había resumido esa fe en la divinidad de Jesucristo al anunciar que «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!»  (Ga 4,4-6).



[1] CEE, JESUCRISTO, SALVADOR DEL HOMBRE Y ESPERANZA DEL MUNDO. Madrid, a 21 de abril de 2016. 49 págs.

[2] http://www.religionconfidencial.com/tribunas/creer-hoy-Jesucristo_0_2745925406.html


·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·