Martes 12/12/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Una noticia siempre de actualidad

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Cuando el hecho tuvo lugar, muy pocos habitantes de Jerusalén supieron que había acaecido. Corrieron algunos rumores entre la gente, pero como provenían de mujeres y lo que decían era algo verdaderamente extraordinario, no los creyeron, y tampoco les prestaron mayor atención. De haber existido en periódico en Jerusalén habría dado la noticia de los rumores en un rincón de la quinta página.

La noticia de ese hecho tiene la misma actualidad hoy que hace dos mil años. Y seguirá con a misma actualidad dentro de otros dos mil años, hasta el fin del mundo. Lo que ocurrió en un rincón de Jerusalén hoy es conocido, y vivido, en las cimas del Himalaya; en los altos de los Andes; en las llanuras de Hungría; en las pampas argentinas; en las selvas africanas,; en los suburbios de Amsterdam,...

Nadie esperaba que algo semejante pudiera tener lugar. Ni la mente más calenturienta podía haber llegado nunca a imaginárselo. Sobre la Tierra, sólo una Mujer, allá en el fondo de su corazón, estaba pendiente de recibir la confirmación de que lo anunciado, había tenido ya lugar.

Y el hecho ha sido, y es, el acontecimiento, el único acontecimiento, que marca un antes y un después en la historia del mundo, en todo el vivir de los hombres sobre este pequeño planeta llamado Tierra. Y no sólo marca un antes y un después. No poco pensadores consideran -y no les falta razón- que es, ha sido, el acontecimiento que da sentido a todas las civilizaciones, a todas las historias de las luchas de los hombres, de sus grandes descubrimientos, de sus más azarosas batallas contra ellos mismos y contra todos los elementos más adversos que se haya podido encontrar. Y continuará dando sentido a todo lo que el hombre construya y destruya sobre la tierra, hasta el fin del mundo. Que el mundo tendrá fin.

Jesús ha Muerto; Jesucristo ha Resucitado. Dios ha vivido la muerte del hombre y en el hombre; el hombre vivirá la Vida de Dios, en Dios.

A la mesa del César romano no llegó entonces ningún informe especial sobre lo ocurrido aquellos día en Jerusalén. ¿Qué importancia podría tener para la buena marcha del Imperio otra crucifixión en Palestina? Unos soldados lanzaron los rumores de que alguien había robado el cadáver de un crucificado, bien custodiado en un sepulcro nuevo cavado en la roca y cerrado con una gran piedra. El rumo decía que algunos de los seguidores de "un tal Jesús", aprovecharon el sueño que había dominado a los guardianes aquella noche, y que habían robado el cadáver. Nadie sabía dónde lo habían escondido.

Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre ha vivido la muerte en la Cruz -¿dónde está oh muerte tu victoria?-; Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre "de María Virgen", ha Resucitado en Cuerpo Glorioso. Ya no existía ningún cadáver: la Resurrección de la Carne había comenzado a tener lugar.

Nadie ha visto salir a Jesucristo del Sepulcro; nadie lo ha visto remover la piedra que cubría la entrada y que estaba después cuidadosamente situada a un lado; nadie había visto a ningún ser humano recoger los lienzos que recubrían el rostro y el cuerpo del sepultado, y doblarlos cuidadosamente.

Poco a poco los rumores fueron tomando cuerpo, y las noticias se hicieron realidad vivida. Pedro y Juan han visto con sus propios ojos que las mujeres decían la verdad. Los discípulos de Emaús han gustado el palpitar de sus corazones, cuando Alguien se puso a su lado en su marcha desesperada huyendo de Jerusalén, y les explicó con paciencia las Escrituras. Se levantaron en medio de la noche y regresaron a dar a Pedro y a los demás la noticia. "Hemos visto a Cristo resucitado".

Y desde entonces, no obstante la incredulidad de algunos, como los atenienses que escucharon el discurso de Pablo, la noticia sigue corriendo boca a boca por todos los caminos del mundo. La luz radiante que llenó de alegría el corazón tembloroso de los Once Apóstoles, no ha dejado de iluminar todos los senderos transitados por hombres y mujeres en cualquier rincón de la tierra. Ninguna luz ha movido el andar de más hombres y mujeres a lo largo de los siglos. Ninguna luz ha influido con tanta fuerza en las culturas que los hombres podemos llegar a construir.

"En esta Noche de luz -recuerda el Papa Francisco-, invocando la intercesión de la Virgen María, pidamos al Señor que nos haga participes de su Resurrección: nos abra a su novedad que trasforma, a las sorpresas de Dios, tan bellas; que nos haga hombres y mujeres capaces de hacer memoria de los que Él hace en nuestra historia personal y en la del mundo; que nos haga capaces de sentirlo como el Viviente, vivo y actuando en medio de nosotros; que nos enseñe cada día a no buscar entre los muertos a Aquel que Vive".

La noticia de la Resurrección sigue, y seguirá siendo siempre, de actualidad. Y los "atenienses" que no quieren oír hablar de algo semejante, también.

Ernesto Juliá Díaz

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