Martes 12/12/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

¡En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso!

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Un artículo de...

Pilar Gonzalez Casado
Pilar Gonzalez Casado

Profesora Agregada a la Cátedra de Literatura árabe cristiana de la Universidad San Dámaso.

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Excepto la sura novena del Corán, cada una de las ciento trece restantes se abren con esta invocación a Dios que le define como el Clemente y el Misericordioso. El noble Corán contiene docenas de variantes de esta frase y el adjetivo misericordioso aplicado a Dios aparece más de cuarenta veces. Entre los noventa y nueve epítetos o nombres divinos que describen el rico ser de Dios en la tradición islámica, son también los que más se repiten. Como escribía hace unos días a sus fieles, Georges Abu Jazen, vicario apostólico de Alepo, con motivo del inicio del jubileo de la Misericordia, en árabe, misericordiaraḥma, deriva de la palabra raḥim, que significa úteroseno yentrañas. Para el vicario, la destrucción y la violencia que asolan Siria sólo se detendrán si cada uno revisa su conducta inmisericorde. La patria que todos desean sólo renacerá de las entrañas misericordiosas de los hombres semejantes a las de Dios. Clementeraḥmān, y Misericordioso,raḥīm, también están emparentados con entrañas.

Cristianos y musulmanes creemos en un Dios con entrañas de misericordia. La Bula del jubileo afirma que la misericordia es la vía que une a Dios y al hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre a pesar del límite de nuestro pecado (2). La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor del Dios paciente que perdona (3). Dios no se cansa de tendernos su mano (19). El Corán también describe la misericordia divina y el modo de realizarse: Dios es el lleno de amor, la suma misericordia, es providente, tiene en cuenta la debilidad humana y es la fuente y el dueño del perdón. Éste es el Dios que nos une, pero también el que nos desune. El Dios dueño del perdón de la fe musulmana puede retirarnos su misericordia. Es soberanamente libre para distribuirla o retenerla. El justo merece el perdón mientras que el malvado merece la cólera divina. La misericordia es patrimonio exclusivo para los creyentes, porque Dios no ama ni a los infieles ni a los pecadores. Como afirma Ibn Abbas, antiguo exegeta, «Dios es amable con aquellos con los que desea ejercer su misericordia y distante y severo con los que desea tratar con vigor». Es un Dios distante del hombre y del pecador.

El Papa Francisco ha escogido el 8 de diciembre para abrir el jubileo por ser el quincuagésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II. Pablo VI lo cerró proclamando una de sus intenciones, enviar «al mundo contemporáneo en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza». El mensaje de esperanza sigue siendo hoy el mismo que hace cincuenta años: sólo la misericordia divina salva a los hombres que se sienten amenazados por la violencia y la destrucción. Cristianos y musulmanes se perciben hoy como mutuamente amenazados. El nacimiento del islam y su presencia en el mundo también forman parte de la providencia divina. Como le gusta manifestar al jesuita egipcio Samir Jalil, muchos cristianos no se desplazarán hasta los países islámicos para evangelizarlos y anunciar el modo pleno de vivir la fe. La presencia del islam entre nosotros es la oportunidad que la Providencia nos brinda para anunciarle el remedio alentador capaz de liberarle, la verdad que el islam niega: que el Clemente y el Misericordioso, por su amor visceral por nosotros, también se llama Enmanuel y siempre está con nosotros.

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