Miércoles 22/11/2017. Actualizado 07:29h

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Tribunas

El nacionalismo árabe como ejemplo

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Un artículo de...

Pilar Gonzalez Casado
Pilar Gonzalez Casado

Profesora Agregada a la Cátedra de Literatura árabe cristiana de la Universidad San Dámaso.

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El éxodo de los cristianos árabes empezó hace más de un siglo y medio provocado por las matanzas entre los miembros de las diferentes comunidades religiosas y por la limpieza étnica emprendida por los turcos otomanos. Los años 1840 y 1860 marcan en el actual Líbano, inexistente entonces, el inicio de este éxodo. Durante los siglos XVI y XVII los drusos, etnia que profesa una religión sincrética con elementos gnósticos, neoplatónicos, judíos, cristianos e islámicos, eran los soberanos de la montaña libanesa bajo la supervisión de la autoridad otomana.

La Iglesia maronita comenzó a extender en ese momento su soberanía por las tierras drusas alcanzando su punto álgido en 1840. Los drusos respondieron a ese dominio con violentas masacres contra los maronitas. El gobierno otomano, para acabar con el conflicto y aconsejado por las potencias europeas, dividió el Monte Líbano en dos unidades administrativas: una maronita y otra drusa. Los maronitas, como respuesta, fomentaron una sublevación popular y sangrienta en la que los drusos fueron las principales víctimas. Donde solo existía una nación se crearon dos enemigas. La situación se recrudeció en 1860 cuando los drusos incendiaron pueblos e iglesias protegidos por el doble juego de la Sublime Puerta, que, por un lado, ofrecía protección a los maronitas, mientras por otro los entregaba a los drusos.

Bajo la responsabilidad de los musulmanes sunitas se llevó a cabo una operación de limpieza étnica en toda regla y se inició un movimiento migratorio que todavía no ha remitido. Los cristianos huyeron hacia Estados Unidos, Brasil, todo el continente americano y Australia. La cantante colombiana Shakira y la actriz mexicana Salma Hayek, ambas de ascendencia libanesa por parte paterna, o la reina Noor de Jordania, de soltera Elisabeth Najeeb Halaby y de familia siro-ortodoxa asentada en Estados Unidos, son continuadoras modernas, del inicial movimiento migratorio.

El escritor libanés Amín Maalouf (n. 1949) relata en su novela autobiográfica Orígenes este momento crucial de la historia libanesa. Cuando su abuelo Botros (Pedro) se registró en Ellis Island puso como país de origen «Turquía» y como raza «sirio», aunque en su país él se presentaba como otomano libanés: «En la mente de mis abuelos, esas diversas filiaciones tenían cada una "su casilla" propia. Su Estado era "Turquía"; su lengua, el árabe; su provincia, Siria; y su patria la montaña libanesa.

Y además tenían, por supuesto, diversas confesionalidades religiosas que no cabe duda de que influían en sus vidas en mayor grado que todo lo demás. Esas filiaciones no se vivían en armonía, como demuestran las numerosas matanzas de las que he hablado; pero había cierta fluidez tanto para los nombres cuanto para las fronteras que se perdió con el florecimiento de los nacionalismos. Hace apenas cien años los cristianos del Líbano decían de buen grado que eran sirios, los sirios andaban mirando hacia La Meca para buscarse rey, los judíos de Tierra Santa se proclamaban palestinos... Y Botros, mi abuelo, se decía ciudadano otomano. Aún no existía ninguno de los Estados del actual Oriente Próximo, ni siquiera se había inventado el nombre de esa comarca, solía decirse "La Turquía de Asia".

Desde aquellos tiempos, mucha gente ha muerto por patrias supuestamente eternas, y otra mucha morirá mañana.» Amín Maalouf se duele por la incapacidad del pueblo libanés para superar sus propias diferencias religiosas y políticas. De un cristiano, sabedor de que hay que dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del Cesar, se espera que no dé al César lo que es de Dios; es decir, que no absolutice ni divinice ni la nación ni la patria, que no caiga en los totalitarismos propios de los que no tienen fe. Esta es una de esas ocasiones en la que nuestros hermanos de Oriente tienen mucho que decirnos acerca de las traumáticas consecuencias tanto del nacionalismo exacerbado como del patrioterismo de bandera y bufanda. Para darse cuenta sólo hay que mirar la trágica situación en que se encuentran.


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