Sábado 21/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

En la muerte de Javier Mora-Figueroa, la fuerza de la unidad de vida

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Salvador Bernal
Salvador Bernal

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No pensaba escribir sobre él, en gran medida por respeto a la intimidad, habida cuenta de que lo tenía pared con pared en los últimos meses de su vida. Pero unas palabras de don Ramón Herrando Prat de la Riba, Vicario regional del Opus Dei en España, en la homilía del funeral celebrado en la basílica de la Concepción de Nuestra Señora en Madrid, me movieron a cambiar de criterio.

Se refirió expresamente a la ciudadanía del cielo que los católicos compartimos aquí abajo con la ciudadanía de la tierra, desde el bautismo, endiosados por la gracia, mientras recorremos el camino humano tratando de cumplir la voluntad de Dios, descubriendo el quid divinum -como repetía el Fundador del Opus Dei-, en las circunstancias ordinarias de cada día.

“Don Javier había escuchado muchas veces de labios de San Josemaría el siguiente consejo que hizo suyo con gran maestría: 'debemos estar  en el cielo y la tierra siempre. No entre el cielo y la tierra, porque somos del mundo. ¡En el mundo y en el paraíso a la vez!'"

El camino de la unidad de vida cristiana no niega la belleza de las circunstancias terrenales; al contrario, las contempla como camino para identificarse con la persona de Cristo y llevarle con optimismo a los demás. En estos tiempos de laicismo, donde surge casi sin querer la tentación de cierto clericalismo, la vida de Javier Mora-Figueroa –antes y después de su ordenación sacerdotal en 1981- muestra que la clave está en la auténtica y profunda laicidad encerrada en la doctrina del amor al mundo, esencial en el mensaje de san Josemaría, que hizo suyo con especial garbo humano.

Lo pensé en la capilla ardiente de don Javier, instalada en un salón del antiguo colegio mayor Castilla, tantas veces frecuentado por él para impulsar la vida cristiana de la gente joven. Lo confirmaría días después en el funeral, donde –además del cariño de tantos hermanos, sobrinos y sobrinos-nietos, algunos bautizados por él- se producía un plebiscito de amistad. Veía hecha realidad lo que san Josemaría escribió en Forja 565: “En un cristiano, en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor”.

Por eso se estaba tan bien al lado de Javier, incluso en las últimas semanas de su vida, cuando le flojeaban las fuerzas, y había que ayudarle en los desplazamientos más sencillos. Agradecía de veras los cuidados que recibía, pero siempre con sensación –injusta- de hacer perder el tiempo a los demás. Su gratitud alcanzaba de modo especial a los detalles para distraerle o hacerle descansar, sobre todo, a través de la audición de piezas musicales clásicas. Su unidad de vida no sólo era -digámoslo así- teológica: también denotaba una síntesis humana, capaz de combinar el amor a la patria sin fisuras propio del marino de guerra formado en el hogar paterno y en Marín, con la atención –algo no siempre unido a la mentalidad castrense- a los acontecimientos diarios, como corresponde a un hombre culto, aficionado a la lectura y a la música clásica. No es posible olvidar sus citas de grandes poemas castellanos en la predicación sacerdotal…

Le acompañé unos días en la Clínica Universitaria de Navarra, pocos meses antes de su fallecimiento. Estaba bastante agotado, y trataba yo –desde mi ignorancia médica- de mantenerlo despierto durante el día, pensando que así descansaría mejor por las noches... Antes de que los médicos moderaran mi afán, utilicé el recurso de encender el televisor de la habitación, pero no para ver películas o servicios informativos, sino para conectar con Radio clásica: qué bien lo pasamos con un ciclo sobre Mahler; mucho más aún, al escuchar una tarde, antes de la cena, la famosa Carmen de Bizet, no exenta de escenas con gran fuerza humana, por resumirlo de algún modo.

Don Javier deja un surco profundo en infinidad de personas. Lo sabía, pero he tenido ocasión de comprobarlo en directo al final de sus días en la tierra. Más de uno ha evocado ahora sus largos años como Rector del santuario de Torreciudad, una advocación digamos urbana –Turris civitatis- inseparable de la Stella maris tan familiar para él en sus múltiples singladuras. Por eso, emocionó a muchos escuchar al Cardenal Rouco, al final de la concelebración eucarística que había presidido en la basílica de la Concepción, unirse con fuerza al coro y a los fieles en el canto de la Salve marinera...



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