Lunes 20/11/2017. Actualizado 17:09h

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Tribunas

En la muerte del Cardenal Caffarra

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Ernesto Juliá
Ernesto Juliá

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Pocas semanas atrás escribí estas palabras en otro artículo comentando la carta de Benedicto XVI en ocasión de la muerte del cardenal Meissner. Y ahora las vuelvo a recoger ante la noticia de la muerte de otro cardenal, Caffarra.

“En resumen. Benedicto XVI eleva el corazón a Dios, y pide para la Iglesia: obispos, sacerdotes, laicos –en la Iglesia todos somos, de alguna manera, pastores de los demás- convincentes, valientes, que vivan y piensen decididamente la Fe; que no se avergüencen de la Fe, y no tengan el mínimo “complejo” ante el “espíritu de la época”. y sean conscientes de que la “sabiduría de Dios les ayuda a situarse ante la verdadera ciencia, y ante el verdadero sentido de la historia.

Y no cedan ante la distorsión sexual de la naturaleza humana que los movimientos LGTB quieren promover en todo el mundo. Eso sí que es una imposición ideológica  que acalla disentir y exige adhesión incondicional so pena de ser proscrito socialmente por contradecir sus afirmaciones, incluso con datos científicos, y ser llevado a juicios ante jueces desconocedores de datos y presionados por una opinión pública manipulada al antojo”. 

Y las vuelvo a recoger en sincero homenaje de agradecimiento a la labor de Carlo Caffarra en el Instituto de la Familia Juan Pablo II, y en toda su labor sacerdotal y episcopal, además de teológica. Una vida, la suya, de entrega, humilde y en completo servicio a Nuestro Señor Jesucristo, en su Iglesia.

Caffarra ha sido un sacerdote, un obispo, ·convincente, valiente, que se ha enfrentado con esas corrientes internas dentro de la Iglesia que quieren compaginar la Gracia con el pecado. La Gracia se compagina con el pecador; pero no con el Pecado. La Verdad de la creación con la deformidad de la “ideología de género”. Con esas tendencias que quieren meter en el espíritu cristiano las “corrientes del siglo”, el “espíritu del siglo”.  Con ese “espíritu del siglo” que Romano Guardini reflejó con tanta claridad en unas palabras de “El Señor”, hace ya más de 70 años:

“Si nos tomamos a nosotros mismos como medida de todas las cosas; a nosotros mismos, con nuestra existencia humana tal cual es, con el mundo tal como nos envuelve, con nuestras maneras de pensar y de sentir, y nos ponemos a juzgar a Jesucristo partiendo de todo ello, no acertaremos a ver en la Resurrección más que el producto de ciertas formaciones religiosas, el resultado de una incipiente vida de comunidad, es decir, una ilusión. Y entonces la lógica impondrá, tarde o temprano, la eliminación de esta creencia en favor de un “cristianismo puro”. Éste no será, en verdad, más que una moral superficial o un pietismo sin consistencia…”.

Caffarra, y ya mucho antes de estar a la cabeza del Instituto Pontificio Juan Pablo II, batalló por la santidad de la familia, por la santidad de la vida, por la santidad vivida en la moral de Cristo, por la dignidad de la persona, creada por Dios, redimida en Cristo, santificada en el Espíritu Santo. Y lo ha hecho, viviendo una fidelidad heroica al Papa. Bien consciente del famoso brindis de Newman: primero brindis a la conciencia y después brindis al Papa.

Newman y Caffarra sabían muy bien, que la fidelidad al Papa se apoya en la fidelidad a la conciencia, a la voz de Dios en el hombre. Una fidelidad al Papa sin esa fidelidad a Cristo, es poco más que un ceder al poder, al “espíritu del siglo”, con disfraces más o menos eclesiásticos.

Y agradeciendo al Señor los ratos de conversación con él en Roma, no puedo menos de terminar estas líneas pidiendo al Señor que Caffarra haya escuchado de sus labios las palabras que, con tanto gozo, oyó un día el buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

ernesto.julia@gmail.com



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