Jueves 14/12/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La mirada de un reformador

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¿Es Benedicto XVI un reformador de la Iglesia? ¿Son todos y cada uno de los Papas reformadores de la Iglesia? Mientras estamos inmersos en la sorpresa como forma de trabajo en la Iglesia en España, y por nuestras redacciones rondan las sorprendentes noticias del nombramiento de un nuevo obispo auxiliar de Sevilla en al persona de don Santiago Gómez Sierra o el inminente de las vacantes aragonesas, o las divisiones que son distinciones, el Papa, una vez más, ha lanzado un grito dramático en un texto que, aparentemente, puede ser considerado como un texto más, pero que es un discurso que pasará, sin duda, a la historia.

Dudar de que don Juan José Asenjo haya acertado con el nombramiento es una quimera. Si de algo estoy convencido es de que su bondad natural, su fina inteligencia y su carisma y calidez humanas se han hecho ya con una compleja archidiócesis. Y se nota. Más se va a notar con el golpe de efecto del nombramiento de un nuevo obispo auxiliar, que viene precedido por páginas y páginas, cientos de fotos en los medios de comunicación, que no van a contribuir, inicialmente, a una justa y prudente recepción. Lo que humanamente va a imponerse entre el arzobispo y su obispo auxiliar es la confianza mutua, la fidelidad absoluta. En términos más o menos teológicos se diría la profunda comunión, la unión espiritual y la confianza que se profesan. Una confianza que será ejemplo para toda esa Iglesia y que está acrecentada por el respeto y la debida obediencia que el nuevo obispo auxiliar siempre ha manifestado hacia quien fue su obispo. La confianza también es un valor eclesial. No hay que olvidar tampoco que el nuevo obispo auxiliar de Sevilla es un trabajador incansable, un hombre práctico, y éstos son valores nada desdeñables.

Pero vayamos al Papa, pastor de la unidad. Se veía que Benedicto XVI tenía ganas de decir lo que pensaba y qué mejor momento que tener reunida a una curia aparentemente difusa. En la fuerza profética del Discurso de fin de año a la Curia Vaticana no hay más que oración y sufrimiento, cruz y redención, pasión y resurrección. Si durante estas navidades se repitieran los párrafos de ese discurso en las Iglesias del orbe católico, algo nuevo nacería. Hay que leer el discurso del Papa de rodillas. Así suena distinto. De rodillas ante el portal de Belén, ante el misterio de un Dios que mira a los ojos de los hombres, a la suciedad de la vida de los hombres, con ojos de hombre. Como el Papa mira con ojos de padre la suciedad de su casa, de la Iglesia. Feliz Navidad.

José Francisco Serrano Oceja

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