Martes 24/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La magia de la familia cristiana

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El cardenal Rouco Varela no se quería ir de la plaza de Colón. Desde la sede portátil de su cátedra episcopal, en medio de la plaza, en medio de la ciudad terrena, en medio de la sociedad, símbolo de su episcopado, abrazaba a las familias que disfrutaban de la soleada, y fría, mañana madrileña. El cardenal Rouco ha conseguido que los católicos madrileños, y los hombres de buena voluntad, formen una espontánea feligresía en torno a su párroco, el arzobispo. Como buen profesor, como buen fisonomista, el cardenal Rouco saludaba a cada unas de las familias con las que se encontraba a su paso como si hubiera estado cenando con todas ellas en las pasadas fiestas. Las distancias, en la misa de las familias de Colón, no fueron distancias; allí todo era cercanía, el calor y el color de las familias, tan iguales, tan distintas, tan plurales, tan alegres, tan festivas.

Hubo algún obispo que escrutaba con lupa todo lo que pasaba durante una celebración que duró lo justo y a la que le faltó un poco de sincronía litúrgica. Incluso hubo algún presente que sonreía con las familias e ironizaba con el semblante cuando Kiko Arguello tomaba la palabra y la música; la unidad de la Iglesia en España es un bien superior. Lo que los miembros del Camino Neocatecumenal han hecho por este día es impagable; sólo se explica sabiendo de su generosidad. Hubo quien insistió que, aunque todo fuera muy madrileño, las familias españolas se merecen una celebración como ésta, la compañía de sus obispos, de los sacerdotes y de toda la Iglesia. Por cierto, ha aumentado en esta misa significativamente la presencia de religiosas, con hábito, por supuesto.

Colón es el templo natural de la celebración de la familia cristiana. Entre los edificios se escuchaba el eco de la historia, de aquella despedida de Juan Pablo II, de aquellas palabras que confirman que la familia cristiana es moderna por ser familia y por ser cristiana. Si hoy es difícil utilizar el lenguaje, y que las palabras signifiquen lo que deben significar –léase familia, cuando dicen que hay diversos “modelos de familia”-, lo que ha ocurrido en Colón es una de las más bellas expresiones del lenguaje natural de la familia cristiana, que no necesita de muchos discursos y que es evidencia en sí mismo. Por más que la mala educación de alguna portavoz socialista pretenda tapar periodísticamente con titulares fabricados la celebración de Colón, lo que se vivió con la Misa de las familias fue una jornada de domingo repleta de paradójica presencia de la propuesta cristiana. El cardenal Antonelli, Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, no escondía su satisfacción por lo que estaba viviendo esa mañana. La Iglesia en España es así, ni más, ni menos. Espontánea y alegre cuando se trata de lo esencial, como la homilía del cardenal Rouco, lección de un realismo cristiano que, quieran o no nuestros gobernantes y los políticos de la oposición, sigue muy activo en nuestros días.

La familia cristiana no tiene más magia que la de la realidad. Cuando los Reyes Magos de verdad, como dijo en espontánea alocución el cardenal Rouco, y no los del festival de Gallardón, se postraron ante el Niño Jesús para adorarle, entregándole evangélicos presentes, el silencio que se hizo en la abarrotada plaza de Colón permitió que se escuchara cómo el corazón de la familia cristiana latía con fuerza. Un corazón humano, muy humano, y, por eso, muy divino.

José Francisco Serrano Oceja

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