Jueves 23/11/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El lugar de la libertad de conciencia

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Un artículo de...

Pilar Gonzalez Casado
Pilar Gonzalez Casado

Profesora Agregada a la Cátedra de Literatura árabe cristiana de la Universidad San Dámaso.

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«Man gave names to all the animals in the beginning, in the beginning...» cantaba Bob Dylan en 1979, parafraseando el Génesis. Dios presentó a Adán todas las bestias del campo y los pájaros del cielo «para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que Adán le pusiera» (Gn 2, 19). La literatura cristiana en siriaco de los primeros siglos, escrita en la lengua de los cristianos arameos, cuyos últimos descendientes son los cristianos que hoy viven entre Turquía, Irak, Siria y el Líbano, siempre sintió predilección por comentar los dos primeros capítulos del Génesis en los que el Creador y el hombre se posicionan mutuamente. San Efrén (siglo iv) en su Comentario al Génesis ve a Adán como un pastor lleno de amor ante el que desfilan los animales. Dios le concede todo poder en la tierra y, de este modo, le asocia a Él. En La cueva de los tesoros, un relato anónimo posterior, las fieras inclinan sus cabezas y se postran ante Adán, sacerdote, rey y profeta, cuando les impone sus nombres. Es un modo de contar cómo Dios deposita su confianza en el hombre.

El Corán, a pesar de estar emparentado con esta literatura, presenta a Dios enseñando a Adán los nombres de todos los seres (2, 31). Adán es un mero intermediario de Dios en la tierra en el que el Creador no acaba de depositar su confianza. El Adán bíblico y el  coránico expresan dos formas diferentes de entender el papel del hombre con respecto a la creación y al Creador. El bíblico, siempre será libre para decirle que sí o que no a Dios, quien le invita a que decida en conciencia. El episodio del pecado original así lo manifiesta. Dios siempre permite que el hombre le rechace e incluso que llegue a matarle. La decisión es de su libertad. En el Corán, Dios siempre sale al rescate del hombre para evitar lo peor, decide por él y hace lo que quiere con él: «Si tu Señor  hubiera querido, todos los habitantes de la tierra, absolutamente todos, habrían creído. Y ¿vas tú a forzar a los hombres a que sean creyentes, siendo así que nadie está para creer si Dios no lo permite?...» (C 10, 99-100). El pecado de los primeros padres es solo un error efímero del que el hombre se arrepiente inmediatamente al admitir que Dios le haga descender a la morada terrenal y no tiene ninguna consecuencia para su naturaleza (C 2, 35-39). Únicamente se condenarán los que no crean. Creer consiste en obedecer a Dios, el poderoso y el misericordioso absoluto, que, si quiere, puede perdonar, y, si no quiere, no perdona. No hay una auténtica decisión del hombre porque la voluntad divina no le concede esta capacidad de elección. La tradición musulmana siempre defendió esta posición del hombre con respecto al Creador.

Según la antropología bíblica, Dios le concedió al hombre la libertad de conciencia. Los sistemas democráticos la consideran un derecho fundamental de la persona en el que se basan el resto de sus derechos. Estos sistemas sólo reconocen, pero no dan al hombre,  algo que su Creador ya le había otorgado al principio. La antropología coránica no acaba de reconocer esta libertad. Sin embargo, los atentados contra este derecho fundamental, no reconocido por la visión islámica del hombre, que suceden en suelo europeo, se explican habitualmente como obra del fundamentalismo islámico. La incapacidad del hombre para decidir en conciencia no es radicalismo, es islam genuino. Europa, tal y como ha hecho siempre, debe socorrer a aquel que lo necesita, pero esto no ha de suponer dejarse convencer y admitir una visión del hombre inferior a la suya.


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