Martes 12/12/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La leña del árbol caído

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Nuestro presente está cargado de paradojas. Henri de Lubac tenía razón cuando hablada de paradojas sobre nuevas paradojas, y aunque se refiriera a un aspecto concreto de la teología y de la vida espiritual del cristiano, ahora nos ayuda a entender el proceso del complejo presente histórico.


Un artículo de...

Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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Podemos reclutar y agrupar algunas de estas paradojas, que bien merecerían la construcción de una versión de la historia alejada de la fácil, pero eficaz, representación de la dialéctica entre ganadores y perdedores. Al menos, a priori. En la comunidad de comunión, o todos ganan o todos pierden. 

Esta semana, además del discurso inicial de la Asamblea de obispos del Presidente del episcopado, que se centrará en los temas clásicos de la actualidad, asistiremos al tsunami de las elecciones a secretario general. Así como hay textos del santo padre Francisco que no producen titulares, el bonito título de una sección que bien pudiera asumir nuestra página de Religiónconfidencial, hay procesos en la Iglesia que no generan titulares y que tienen más relevancia de algunos otros que se anuncian a bombo y platillo. 

Entramos, como se ha podido ver en los periódicos de este domingo pasado en España, la prensa europea más preocupada por la Iglesia, en un momento en el que, aparentemente, se está escribiendo la historia del fin de un período, la denominada ya “Era Rouco”, y el principio de una nueva, como si lo que subyace en esta historia es una ruptura producida por una revolución. 

Paradójicamente no han sido pocas las veces que se ha anunciado que el Papa iba a aceptar la  renuncia por edad del cardenal Rouco y que iba a nombrara a su sucesor, con el consiguiente efecto en la Presidencia de la Conferencia Episcopal. Algo que, de momento, no ha ocurrido. Por tanto, se anticipan en demasía los procesos, como forma de aceptarlos o presionar para que ocurran, y los efectos no son inmediatos. 

Resulta paradójico que, cuando el Papa Francisco insiste en sacar a la Iglesia de su centro y llevarla a las periferias, la opinión pública, y publicada, se empeñe en hacer protagonista de la conciencia histórica del cristianismo en la España de hoy a los nombres y hombres que forman parte del tablero del ajedrez institucional, y de sus movimientos. Como si la reforma de la Iglesia dependiera sine condicione y como criterio absoluto, en clave de estímulo y respuesta, del cambio en la Secretaría General de la Conferencia Episcopal, o del nombramiento de los arzobispos de Madrid y de Barcelona, o como si los nombres de los candidatos no estuvieran ligados a una historia personal y comunitaria en la que, por cierto, algo tiene que ver el cardenal Rouco.

Otra paradoja de contaminación política. Si se resalta que Rajoy no ha recibido aún la cardenal Rouco, aunque esto no quiere decir que no hablen con frecuencia, no se dice que es por una estrategia del gobierno de robar una foto de alianza con la Iglesia y no dar así una baza a quienes solo hacen política en el terreno del anticlericalismo.  

O, por ejemplo, la sinuosa política de centrar todo en Madrid y olvidarse de Barcelona para que no se descubra la insistencia del gobierno en querer intervenir en ese proceso a través de los canales por debajo de las líneas de la atención pública. ¿Contará Rajoy en sus memorias lo que hizo, o permitió que se hiciera, en el proceso de provisión de las sedes de Madrid y Barcelona, como lo ha hecho Aznar en las suyas? 

Pensar que la Iglesia se construye sobre cambios de timón, o sobre victorias y fracasos, es una perspectiva reduccionista y limitada, anclada en entender que la Iglesia es una institución que vive y sobrevive gracias a la sola habilidad del juego político y la diplomacia. 

Quienes propugnan, o propalan, las categorías de lo que pasa en la Iglesia, en los naturales cambios del factor humano, a partir de la dialéctica entre amigos y enemigos, rompen con la naturaleza de la Iglesia, como comunión en misión. Si el mundo pretende vencer, derrotar al enemigo, la Iglesia comprende que el enemigo, que no lo es entendido como tal según el Evangelio, debe ser convertido en amigo. Por tanto, sorprende de forma particular toda forma de linchamiento, la leña del árbol caído no quema bien en la Iglesia y calentarse con ella acarrea más frío.

No se trata de angelismo oportunistas ni de vendas en los ojos. Las dimensiones humanas, institucionales, estructurales, existen en la Iglesia como condición de su forma de presencia en el tiempo. Pero la clave no está ahí. Está en la santidad de sus miembros, en la vida interior y en la capacidad de dejar que la gracia penetre hasta las estructuras más sólidas de lo entramado.  

José Francisco Serrano Oceja


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