Domingo 24/06/2018. Actualizado 01:54h

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Tribunas

Los jesuitas y el Papa jesuita

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Un artículo de...

Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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No hace mucho tiempo apareció publicado en España un libro que puede ofrecernos algunas claves interesantes del pontificado del Papa Francisco.

Lo ha escrito uno de los historiadores actuales de cabecera de los jesuitas, el también miembro de la Compañía, John W. O´Malley, y se titula “Los jesuitas y los papas. Cinco siglos de historia”.

Un libro que aporta algunas claves de la forma mental de los jesuitas en su relación con el papado, institución, sin lugar a dudas, de referencia para la Iglesia y para la Compañía. Forma mental de los jesuitas y forma mental del actual papa jesuita.

Muestra de ello es el párrafo final con el que O´Malley concluye este volumen.

Dice así: “Más que en ningún otro, los jesuitas reconocen en Francisco un papa que tiene su propia personalidad, que toma sus decisiones según sus propias luces, y que en modo alguno involucra en ellas a la Compañía. No obstante, creo que acierto al decir que los jesuitas ven al papa Francisco como uno de los suyos y perciben en el modo como se comporta una versión del “modo de proceder” de la misma Compañía de Jesús. ¡Qué giro tan inesperado en la historia de una relación que durante cinco siglos ha estado llena de fascinantes tiras y aflojas!”.

Por las páginas del libro se desgranan acontecimientos clave en la historia de la Iglesia y de la Compañía. Me voy a fijar en el principio, por aquello de que lo que está en el inicio, está en el final.

Después de la buena relación de Ignacio de Loyola con Paulo III, que aprobó la Compañía, pasados los pontificados de Julio III y Marcelo II, llegó Paulo IV, Giampietro Carafa, que fue elegido papa el 25 de mayo de 1555.

Cuando Ignacio de Loyola se enteró de la noticia “se le estremecieron todos los huesos del cuerpo” (FN 1, 581-582). Durante las siguientes semanas, Ignacio envió a los jesuitas cartas intentado dejar claro que todo estaba bien.

Uno de los problemas con ese pontífice fue que “odiaba y sospechaba” de todo lo español, fruto del resentimiento por la ocupación de su tierra natal Nápoles. Y en aquel entonces la Compañía se consideraba como “una orden española”.

Para más inri, Paulo IV mantenía una relación constante no con Ignacio de Loyola sino con Laínez y Nicolás de Bobadilla. No olvidemos que Ignacio de Loyola, en sus últimos tiempo, mantuvo una relación tensa con Bobadilla, uno de sus primeros compañeros. Y Bobadilla tenía acceso directo con el Papa y era escuchado por él.

Al final de la historia, Laínez juega un papel clave, una vez que fue elegido General, en una Congregación no fácil en la que se presentó como delegado del Papa el cardenal Pedro Pacheco. Los jesuitas sabían que el Papa aceptaba a Laínez mejor que a cualquier otro español.

En fin, lecciones de la historia…

Iré un día de estos a la calle Serrano, a la iglesia de san Francisco de Borja, a ver si Laínez me cuenta algo más.


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