Lunes 23/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Las involuciones nacionalistas amenazan la abolición de la pena de muerte

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Salvador Bernal
Salvador Bernal

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En tiempos de crisis políticas aceleradas por populismos y nacionalismos ‑no sólo en Europa‑, podría detenerse también el avance del abolicionismo en materia de pena capital. En los últimos años, ha aumentado el número de ejecuciones (siempre sobre la base de la deficiente información en países como China,  Corea del norte o Irán; y sin contar la tragedia del yihadismo y su “guerra sin prisioneros”), pero han crecido también los Estados que han abolido esa radical sanción o han establecido moratorias.

“Más ejecuciones, menos verdugos”, titulaba La Vanguardia un editorial de comienzos de abril a propósito del informe anual de Amnistía Internacional. Por vez primera en la historia reciente, los Estados abolicionistas son mayoría: la pena capital está ya derogada en 102, tras las decisiones de Fiyi, Madagascar, República del Congo y Surinam. Además, en un total de 140 países, no hay de hecho ejecuciones.

La última noticia negativa procedía de Palestina: el movimiento islamista Hamas aprobó a finales de mayo, por ley parlamentaria, la aplicación de la pena de muerte en Gaza, a pesar de la oposición de la Autoridad Nacional Palestina (manda sólo de hecho en Cisjordania) y de asociaciones pro derechos humanos.

De muy distinto signo político, pero también nacionalista, es el actual presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, que pretende presentar al Congreso una medida para restaurar la pena de muerte, al menos para los delitos más graves. Un elemento central de su campaña hacia la presidencia era precisamente la lucha contra la delincuencia, y el fin de la impunidad para los autores de los crímenes. La Jerarquía eclesiástica ha comenzado ya a trabajar para intentar evitarlo, con la esperanza de que tal medida “no sea realizada, precisamente mientras la Iglesia celebra el Año de la Misericordia”, afirmó el arzobispo de Lipa Ramón Argüelles, a la vez que recordaba que la existencia de la pena capital no disuade a los delincuentes.

También Indonesia reanudó las ejecuciones en 2015: seis en enero de 2015, ocho en abril de 2015, y otras 48 ejecuciones están programadas para cuando termine el Ramadán, a finales de julio. Todas las ejecuciones de 2015 fueron por delitos relacionados con las drogas.

“La campaña para la abolición de la pena de muerte es un gran desafío para proteger la vida, para promover la justicia y humanizar nuestra sociedad. Sin embargo, la campaña podrá tener éxito cuando los mismos ciudadanos se conviertan en promotores de una cultura abolicionista. Vamos a seguir sensibilizando las conciencias, sobre todo en contextos asiáticos como los de Indonesia y Filipinas”: comentó en Oslo a la Agencia Fides Leonardo Tranggono, representante de la Comunidad de San Egidio en el 6º Congreso Mundial contra la Pena de Muerte, que reúne a parlamentarios y representantes de los gobiernos de todo el mundo. Se celebra desde 2001 cada tres años, promovido por la ONG francesa Ensemble contre la peine de mort  y la World Coalition Against Death Penalty, de la que forman parte 140 organizaciones.

A ese congreso envió el papa Francisco un mensaje en vídeo. Considera signo de esperanza la creciente oposición a la pena de muerte, incluso para delitos muy graves. “Es una ofensa a la inviolabilidad de la vida y a la dignidad de la persona humana que contradice el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad y su justicia misericordiosa, e impide cumplir con cualquier finalidad justa de las penas”. No se puede olvidar, menos aún en este año jubilar de la misericordia, que el derecho inviolable a la vida, don de Dios, pertenece también al criminal. Tampoco es alternativa la cadena perpetua, porque “el principio básico de toda pena debe ser la rehabilitación del delincuente”.

El papa alienta el trabajo de todos por la abolición, porque “una pena clausurada en sí misma, que no dé lugar a la esperanza, es una tortura, no es una pena”. Y añade que es preciso también esforzarse “por la mejora de las condiciones de reclusión, para que respeten plenamente la dignidad humana de las personas privadas de libertad”. “Animo a todos los participantes a continuar con esta gran iniciativa y les aseguro mí oración”, concluye el videomensaje del pontífice.

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