Sábado 18/11/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

De la humillación a la resurrección

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Ramiro Pellitero
Ramiro Pellitero

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Acabamos de ver de nuevo al sucesor del apóstol Pedro lavando los pies a sus hermanos. Como en otras ocasiones, también ha subido a los niños para pasearlos en el papamóvil. Son signos que la gente sencilla capta como expresión de lo que hizo Jesús, de su abajamiento, cercanía y entrega por todos, culminada en su pasión y muerte.

 

            Lo que había comenzado en el vientre de María –la encarnación del Hijo de Dios– en un lugar escondido de Palestina, muestra luego, en el camino de la Cruz y en la Cruz, su aspecto más dramático. Jesús ha llevado sobre sí todo el mal, físico y moral, de todos los tiempos: todos los pecados y todos los sufrimientos, especialmente los de los inocentes. Por eso el Papa Francisco nos ha invitado a besar el crucifijo, también porque Jesús ha padecido todo eso por cada uno de nosotros.

Dios omnipotente no derrota la injusticia, el mal, el pecado y el sufrimiento con una victoria llamativa, sino de una manera que humanamente parece una derrota. Así lo ha explicado Francisco. Y cuando ya no queda nada y todo parece perdido, cuando la noche se ha hecho más oscura, Dios interviene y resucita.

“Jesús, que eligió pasar por esa senda, nos llama a seguirlo por su mismo camino de humillación. Cuando en ciertos momentos de la vida no encontremos ninguna vía de escape para nuestras dificultades, cuando caigamos en la oscuridad más espesa, es el momento de nuestra humillación y entrega total, la hora en la que experimentamos que somos frágiles y pecadores. Es justo entonces, en ese momento, cuando no debemos disimular nuestra derrota, sino abrirnos confiados a la esperanza en Dios, como hizo Jesús” (Papa Francisco, Audiencia general, 16-IV-2014).

Por su parte, en el libro “Jesús de Nazaret” –y también a lo largo de su pontificado, especialmente en las homilías durante la Vigilia Pascual– Benedicto XVI ha explicado de una forma sugerente el sentido de la resurrección de Jesucristo. Un acontecimiento –como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica– que pertenece a la historia y que a la vez la supera, va más allá.

En Cristo, escribe el ahora Papa emérito, la naturaleza humana “experimenta una especie de ‘salto cualitativo’ radical en que se entreabre una nueva dimensión de la vida, del ser hombre (Jesús de Nazaret, II, 2011, p. 318). El cuerpo de Cristo, como ya había señalado San Pablo, es transformado en un “cuerpo cósmico”. Y con ello se ha transformado en “el lugar en el que los hombres entran en la comunión con Dios y entre ellos, y así pueden vivir definitivamente en la plenitud de la vida indestructible” (Ibid.).

Con la resurrección del Señor acontece –ha explicado Benedicto XVI en otras ocasiones– mucho más que una “mutación” en el culmen de la “evolución” del hombre. En la resurrección se manifiesta la Vida indestructible con un “estallido de luz”, una “explosión del amor”; y de ahí surge un mundo nuevo (cf. Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual, 15-IV-2006).

Con este acontecimiento radical, con este salto ontológico –salto en el ser– “se ha inaugurado una dimensión que nos afecta a todos y que ha creado para todos nosotros un nuevo ámbito de la vida, del ser con Dios” (Jesús de Nazaret, II, p. 319). La tradición cristiana habla por eso de una “nueva creación”.

Ahora bien, ¿cómo me afecta “a mí” eso y cómo llega a mí de modo que me envuelve y hace posible incluso que yo pueda participar en la transformación del mundo por el amor? Esto, que sería algo impensable y un sueño inimaginable, se abre para cada uno de nosotros con la fe y con la incorporación a la Iglesia por el bautismo (cf. Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual, 15-IV-2006). Desde entonces, cada uno de los cristianos puede decir con San Pablo: Vivo yo, pero ya no soy solamente yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2, 20).

La resurrección de Cristo y sus consecuencias superan, pues, la historia pero dejan su huella en la historia. Cristo resucitado ha dejado ante todo testigos, que son los apóstoles, con su predicación entusiasta y audaz, que –entiende Joseph Ratzinger– no se explicaría por simples especulaciones o experiencias interiores.

Pero ¿por qué Dios se ha revelado así, sólo a algunas personas como Abraham, sólo a algunos pueblos como Israel, y no de forma aplastante ante los poderosos de este mundo? Responde Benedicto XVI: “Es propio del misterio de Dios actuar de manera discreta. Solo poco a poco va construyendo su historia en la gran historia de la humanidad. (…) Padece y muere y, como Resucitado, quiere llegar a la humanidad solamente mediante la fe de los suyos, a los que se manifiesta. No cesa de llamar con suavidad a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de ver” (p. 321).

Ese es, concluye, el estilo divino: no arrollar con el poder exterior, sino ofrecer y suscitar amor. Por eso si escuchamos a esos testigos y nos abrimos a los signos con los que Dios nos da siempre fe de ellos y de sí mismo, podemos descubrir que Él ha resucitado y que es el Viviente.

Todo ello se expresa pedagógicamente y se actualiza por los signos litúrgicos de la Pascua, desde la noche del Sábado santo: el fuego que se hace luz (verdad y amor van unidos), el agua viva (la vida de la gracia como amistad con Dios y participación de su misma vida), el canto del aleluya (la alegría de estar con Cristo y de anunciarlo a todos).

Así se revela y se libera el sentido de la vida, que estaba oscurecido y esclavizado por el pecado. Y así, siguiendo ese mismo estilo de Dios, los cristianos están llamados a afianzar esa victoria de Cristo con las “armas” de la justicia y de la verdad, de la misericordia, del perdón y del amor (cf. Benedicto XVI, Mensaje de Pascua, 12-IV-2009). Todo eso es lo que celebramos especialmente en la Misa de cada domingo, haciendo “memoria viva” de la resurrección del Señor.

Es lo mismo que, en perfecta continuidad, viene enseñando el Papa Francisco. Cristo, por su humillación –su empobrecimiento radical por nosotros–, nos indica el camino para la misión cristiana: la atención a los pecadores y a los pobres, a los enfermos y los más débiles. Y la Iglesia quiere seguir siendo pobre –en los Sacramentos, en la escucha de la Palabra de Dios, en la actitud de cada cristiano hacia los más necesitados– y “un pueblo de pobres” (cf. Papa Francisco, Mensaje de Cuaresma, 2014).

Dios sigue actuando a través de los que se hacen pobres por los demás: pobres por el desprendimiento de las cosas materiales (usando lo necesario y rechazando lo superfluo), por la acogida de los dones divinos y por la generosidad y la misericordia con los demás, acercándose a la miseria material, moral y espiritual.

Dios actúa en los que recorren –durante su vida en un proceso cada vez más profundo y a la vez sencillo– ese camino (la “pascua”), el “paso” desde la humillación a la resurrección.

De la humillación a la resurrección. Es el camino alegre de la Iglesia y de los cristianos, llamados a ser luz y calor –razón, justicia y misericordia– en nuestro mundo.

 

Ramiro Pellitero, Universidad de Navarra
iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com

 

 


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