Sábado 21/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La homilía de don Braulio

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En las casi primeras vísperas de la celebración de la Navidad, una efeméride de la Iglesia en España, particularmente de la Iglesia en Toledo, ha pasado inadvertida. Se cumplían los veinticinco años de la ordenación episcopal de monseñor Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo y, como se decía antes, y ahora, primado de España.

No son muchos los obispos que, en activo, se sientan en la Plenaria de la Conferencia Episcopal que hayan cumplido veinticinco años de pertenencia al Colegio Apostólico. Si no mal recuerdo, tendríamos que hablar del cardenal Rouco Varela, del cardenal Martínez Sistach, de monseñor Santiago García Aracil, de monseñor Antonio Algora y de monseñor Francisco Javier Martínez.

Como es habitual, el Papa Benedicto XVI envió un mensaje al arzobispo de Toledo, en el que, además de glosar su biografía destacando algunos datos singulares, señalaba que "conocemos tu peculiar cuidado de los jóvenes, del fomento de las vocaciones, de la transmisión de la catequesis y de la administración de los sacramentos, así como el impulso que estás propiciando con diversas acciones para que se celebre dignamente la Liturgia Hispano-Mozárabe y los seminaristas florezcan felizmente en su vida religiosa y en su deseo de apostolado: por todas estas tareas pastorales te honramos con merecida alabanza".

Son varios los párrafos de la homilía de monseñor Braulio Rodríguez Plaza que merecería la pena destacar. Sobre todo porque pronunció un texto escrito con el corazón. Logró expresar la forma de ser y el estilo sencillo de quien es padre y pastor para sus diocesanos.

He aquí una muestra, que retrata adecuadamente a quien es arzobispo de Toledo: "¡Habré dejado tantas cosas sin hacer! ¡Tantos hermanos sin atender! ¡Tantos temas sin acabar! ¡Tantos necesitados, rostros de Cristo vivientes, sin socorrer! Sin embargo, sigo convencido de que es verdad que lo más importante para mí es mostraros a Cristo, y que no me importa sino vuestras personas, como me importaban los fieles de Osma-Soria, los salmantinos y los vallisoletanos; también llevo muy dentro que la Iglesia es un misterio que nos desborda, pero que es una realidad visible y muy concreta que formamos todos en Jesucristo: Él no tiene sucesor; sin el Resucitado no hay Iglesia. Es impresionante que en cada Iglesia particular pueda acontecer la Iglesia de Dios una, santa, católica y apostólica, porque así Cristo se encuentra con nosotros y nosotros con Él. ¡He aquí lo que posibilita vivir en cada momento la vida de la Iglesia: la infinita belleza del Cristo total, su Presencia salvadora!".

Con sus fieles, Deo Gratias.

José Francisco Serrano Ocejajfsoc@ono.com

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