Domingo 17/12/2017. Actualizado 01:07h

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Tribunas

La gran mentira del aborto

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Un artículo de...

Jesús Ortiz
Jesús Ortiz

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En España crece el número de abortos hasta superar cada año los cien mil y practicado por chicas cada vez más jóvenes. Hasta el punto de que España se ha convertido en un importante abortorio europeo. Dos líneas de fuerza sustentan esta penosa situación: la primera, el engaño masivo  instalado en la sociedad, y la segunda considerar el aborto como algo inevitable. Gran engaño porque ni es un derecho, ni es una conquista social.

Engaño masivo

En el gran engaño del aborto participa el entramado social constituido por diversos colectivos. En primer lugar muchos sanitarios (médicos, enfermeras, clínicas) son partidarios del aborto y lo presentan a las mujeres como el único camino para solucionar su problema, ocultando información sobre otras salidas respetuosas con la vida y pruebas como el estudio de una sencilla ecografía.

Buena parte de la administración pública implicada coopera con los profesionales del aborto dejando de informar sobre otras soluciones y derivando a determinadas clínicas particulares. En concreto, la Seguridad Social subvenciona el aborto con 500 euros cuando se practica antes de la semana doce y si es posterior o de riesgo  con 1800 euros, eso sí en las clínicas abortistas como para lavase las manos. Estos profesionales del aborto animan a las mujeres al aborto  con total frialdad asegurándoles que se recuperarán pronto y no pasa nada. Con frecuencia la protección de datos y la gestión de residuos humanos se realizan al margen de las normas establecidas. También los jueces suelen ser muy benévolos en las escasas condenas administrativas o penales a las clínicas abortistas.

Parte importante de la opinión pública abortista está en manos de grupos de presión nacionales e internacionales que presentan la interrupción del embarazo como un derecho, llegando a condicionar las ayudas a países menos desarrollados a la promoción de la contracepción, como método para frenar el crecimiento de la población. Y a las naciones desarrolladas como España les presionan si quieren hacer un buen papel en el concierto internacional y en la opinión pública mundial.

Hace años que los gobiernos de España reciben presiones de esas organizaciones internaciones –departamentos de ONU, de la Comunidad Europea, o la OMS- para desarrollar la legislación y establecer el derecho a la “interrupción voluntaria del embarazo”, con hipocresía disfrazada en las siglas IVE. Para cumplir con esos compromisos los gobiernos socialistas, con Zapatero a la cabeza de la progresía, han creado la actual ley del aborto a plazos y como derecho social de las chicas incluso sin consentimiento de sus padres. Aunque también el gobierno de Rajoy no ha querido cambiar la sustancia de esta ley Aído y se limita, en vísperas de elecciones, a un recorte cosmético totalmente engañoso, olvidando su anterior compromiso con buena parte de sus electores.

Además, en las cadenas de televisión mayoritarias proliferan los programas, series o debates que presentan el aborto como progreso, manipulando la opción por la vida como algo intolerante y antipático. Lo mismo puede decirse de parte importante de la prensa escrita o digital.

Testimonio de las víctimas

La víctima principal de este gran engaño es la mujer, sobre todo joven, que recibe mucha presión del compañero o de sus allegados, hasta convencerle de que el aborto es la única solución eficaz para su embarazo. De las secuelas traumáticas que tendrá después nadie le habla, en medio de la conspiración de silencio para ignorar los testimonios de mujeres que abortaron y arrastran una vida traumatizada. Salvo que asuman su acción, busquen el perdón y perdonen, implicándose para ayudar a otras mujeres a preservar la vida naciente.

Un ejemplo concreto, entre tantos, es el de Dalila que tenía dos hijos, uno de ellos bebé y quedó embarazada: «Tenía miedo de perder mi empleo y a mi pareja. Me sentía realmente sola, sentía que no tenía apoyo de alguien, ni siquiera de un apersona que me dijera “vas a salir adelante”. Mi pareja no me dio oportunidad, se negó totalmente. Aborté por él, pero no resultó porque se fue de todas formas. Y el trabajo también lo perdí poco después». Con 300 euros acudió a una clínica abortista: «es un lugar preparado para que salgas sin tu bebé, en el que nadie te pregunta si quieres hacerlo. Todo es inmediato. Es una experiencia horrible porque eres consciente de lo que está ocurriendo allí y en ese momento te pones a imaginar la cantidad de bebés que matan allí a diario y somos las madres las que lo permitimos».

Diez años más tarde ha superado las secuelas gracias a las ayudas recibidas: «Acudir a una clínica para abortar no es la solución. Hay que pedir ayuda a organizaciones como RedMadre o a parroquias, que ofrecen apoyo psicológico, material, médico y jurídico para tener el niño. Los hijos son una bendición –termina- y las circunstancias en la vida cambian mucho». Ahora Dalila acude a las puertas de las clínicas abortistas para intentar ayudar a otras madres a seguir adelante con su embarazo. Con esas ayudas ahora está casada, he tenido una niña y encontró otro trabajo.

Testimonio de los rescatadores

La segunda línea de fuerza considera el aborto como inevitable por la existencia de tantos embarazos no deseados. La mentalidad contraceptiva es beligerante contra la vida y no se detiene a revisar su orientación inicial genocida. Cada vez inventa más barreras a la concepción que sorprendentemente siguen fallando y llevando inexorablemente al aborto como solución final. Esta mentalidad perversa no quiere reconocer que el aborto no interrumpe el embarazo sino que siega una vida humana en sus primeras fases en el seno materno.

La opinión pública silencia la acción meritoria de tantas organizaciones dedicadas a defender la vida como RedMadre, Foro de la Familia, Pro Vida, entre tantas otras, que informan de verdad y rescatan de la muerte cada año a miles de criaturas y de la desesperación a otras tantas mujeres.

La presidenta de Más Futuro, Marta Velarde, reconoce que «lo que nos cuentan estas mujeres es, en muchos casos, difícil de asimilar. Hay madres embarazadas de seis meses que quieren abortar por una malformación en una extremidad del bebé. El problema no solo son los padres o parejas que obligan a las mujeres a abortar, sino que muchos médicos de familia, profesionales de hospitales públicos y asistentes sociales aconsejan a las chicas que lo hagan, tal y como nos han indicado muchas jóvenes que, tras la información de los rescatadores, han visto que existen otras soluciones distintas a las de acabar con la vida de sus hijos».

En resumen, como todos sabemos, el aborto nunca es una “interrupción voluntaria del embarazo”, la sociedad acepta el engaño masivo, y además no es algo inevitable porque tiene remedio, a condición de aceptar el problema -un verdadero cáncer en el cuerpo social-, y poner los medios para encontrar una solución humana. Todos conocemos también la afirmación del escritor Miguel Delibes cuando dijo que la aceptación social del aborto es una de las peores lacras de nuestra sociedad.

Las manifestaciones a favor de la vida y de la maternidad recorren periódicamente las calles de las principales ciudades europeas, como Madrid, donde el 14M tendrá lugar otra con el lema “Cada vida importa”. Se suma a la muy numerosa del pasado 22N y los colectivos organizadores manifiestan que «queremos hacer patente que la voz de la vida pide y no dejará de pedir, un espacio en la vida española, también en la vida política, en las leyes y en las políticas públicas, hoy, mañana y siempre. Porque la defensa de la vida no debe ser discutible ni opcional; es algo irrenunciable y está por encima de situaciones políticas coyunturales». Es decir, la defensa de la vida y de la maternidad no es coyuntural para influir en los partidos, impermeables a la ética como han demostrado, porque es algo trasversal en el espacio y en el tiempo: es la defensa del hombre frente al suicidio moral colectivo. 

Jesús Ortiz López

Doctor en Derecho Canónico


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