Sábado 21/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Un gigante en el firmamento celestial

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Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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Don Javier Medina, a  quien tuvimos la oportunidad de ver en el acto de beatificación de don Álvaro del Portillo presentando al nuevo beato –la memoria de los santos del pueblo de la memoria, Canon I o romano-, concluye su biografía de don Álvaro del Portillo con las palabras que el Prelado del Opus Dei, Monseñor Javier Echevarría, pronunciara en el primer aniversario del fallecimiento de su predecesor. 

 “En la homilía –dijo don Javier- que pronuncié en esta misma basílica el año pasado, el día de su funeral, no dudé en afirmar que don Álvaro fue “un gigante en el firmamento eclesial de esta segunda mitad del siglo””. 

El salesiano cardenal Ángelo Amato sabe de la pedagogía de lo divino en la educación de lo humano. Y por eso comenzó su homilía de la ceremonia de beatificación refiriéndose a que don Álvaro se “distinguió también como una figura de gran humanidad”. Una humanidad que contribuyó decisivamente a reconstruir el tejido de la comunión de la Iglesia durante los tiempos presentes.

Las intervenciones finales en la beatificación de don Álvaro sintetizan la anterior afirmación del Prelado del Opus Dei. Don Javier Echevarría arrancó, con sus palabras de padre, los primeros aplausos de la celebración, en un ambiente ya relajado. A la cabeza, como si fuera una lección de eclesiología, el Papa Francisco, que había enviado un mensaje en el que se destacaba el profundo cristocentrismo de la vida de don Álvaro, espejo y reflejo de las enseñanzas que en su alma de joven había impregnado san Josemaría. 

Toda la celebración fue, por tanto, una lección de ciencia y de experiencia de Iglesia. Y no solo por el hecho de que se palpaba la conjunción de lo universal y lo local –palabras del cardenal Rouco Varela-, sino porque todo apuntaba a un dato significativo: la profunda huella que el Concilio Vaticano II había dejado en don Álvaro y, por tanto, en el Opus Dei.

Lo dejó caer en su intervención el Prelado cuando, así, como de pasada, señaló que “no olvido, además, que es uno de los colaboradores del Papa en la Curia Romana que, habiendo participado activamente en el Concilio Vaticano II, ha sido declarado beato”. Más allá de los testimonios de los Papas santos del Vaticano II, ahora llega a la Iglesia el testamento de santidad, ínsito a la celebración del magno acontecimiento, desde el protagonismo de quienes estuvieron en las cocinas del Concilio. 

En esta clave hay que encuadrar, también, la referencia del cardenal Rouco Varela a su lema episcopal “In Ecclesiae Communione” . Porque don Álvaro fraguó esa ejemplaridad de servicio a la Iglesia desde la categoría y desde la práctica de la comunión, uno de los conceptos claves sin el cual no se puede entender el Vaticano II y la Iglesia actual. 

Una realidad, la de la comunión, y una tarea en la que el Opus Dei está empeñado y con la que cuenta con la ayuda de un privilegiado intercesor entre las filas de la Iglesia celeste, el beato Álvaro del Portillo. 

José Francisco Serrano Oceja


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