Sábado 21/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Las exclamaciones del cardenal Rouco

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La misa de las familias se ha convertido en la misa de la esperanza. Lo más fácil, -el Evangelio no suele encajar ahí- hubiera sido que, después de la JMJ, la misa de las familias hubiera pasado a la historia de la contingentes formas de presencia pública del hecho cristiano.

Y, sin embargo, ha sido la JMJ la que ha apuntalado la misa de las familias, un acontecimiento, también mediático, que no sabe de sociologías cuantitativas sino de eclesiologías testimoniales. La misa de las familias, en la fiesta de la Sagrada Familia, tendrá la vida que tenga el pontificado del cardenal Rouco y la sensibilidad hacia esta presencia pública de la fe del siguiente arzobispo de Madrid.

Si por lago se ha caracterizado la celebración de este año, ha sido por el realismo. Realismo contenido en la expresión del previo a la Santa Misa, con el rezo del Rosario, y realismo en las formas y presencias. Realismo, sobre todo, en la homilía del cardenal Rouco, que ha querido recordar lo esencial del Evangelio de la vida, del matrimonio y de la familia. Realismo, incluso, en la utilización de las fuentes a la hora de proponer los contenidos: un amplificado eco de la misa de Juan Pablo II, en la Plaza de Lima, en el año 82, a los matrimonio españoles, eco de la "Familiaris consortio", la carta magna de las familias de la Iglesia contemporánea, íntimamente ligada al Sínodo de los obispos sobre la familia.

Realismo en la forma en la que el cardenal Rouco abordó esta cuestión, con expresiones muy suyas, como son las que aparecen entre exclamaciones y entre interrogaciones, porque si por algo se caracterizan los textos del cardenal Rouco es por transitar de la exclamación a la interrogación como paso método previo a la afirmación de la propuesta de la fe. Una afirmación que ha ido, en esta perspectiva argumental, de la mano de Benedicto XVI en su reciente viaje a Alemania. "¡Cuánto cuesta hoy –dijo el cardenal- a una sociedad tan intensamente influida y condicionada por una visión materialista y egocentrista del hombre y de su historia comprender y aceptar el Evangelio de la vida, del matrimonio y de la familia!". "¡Cuánto cuesta!", realidad palpable.

Realismo, también, en los mensajes al interior de la Iglesia, por eso de que no está de más un sano examen de conciencia. ¿O acaso la no adecuada recepción de la "Humanae Vitae" no está en el trasfondo de no pocas de las crisis e inconsistencia de la pastoral en la Iglesia sobre el matrimonio y la familia? Lo dicho por el cardenal –de nuevo entre exclamaciones- merece un momento posterior: ""¡Cuán otra sería la situación humana y espiritual de las sociedades europeas de hoy, sin excluir a no pocos sectores de la comunidad eclesial, si se hubieran tomado en serio las enseñanzas de la Familiaris Consortio!". ¿Acaso el cardenal Rouco olvidó que se está discutiendo en la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española un documento sobre la vida, el matrimonio y la familia y que en sus primeras versiones fue ampliamente criticado durante la pasada asamblea? Al cardenal Rouco hay que leerle por sus signos de exclamación, que lo son de admiración, y no entre signos de exclamación.

José Francisco Serrano Oceja

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