Lunes 23/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Para entender «La alegría del amor». (II). La conciencia personal

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Un artículo de...

Jesús Ortiz
Jesús Ortiz

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El fulcro sobre el que pivotan estas exhortaciones es la conciencia personal como espejo de las normas morales, de la que afirmaba el Vaticano II: «En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla.

Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanta mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado» GS 16.

Un largo párrafo para resumir qué es la conciencia –el sagrario íntimo del hombre-; por qué debe seguirse –la voz de Dios resuena en ella-; por qué es el criterio inmediato de moralidad –refleja la ley natural que viene de Dios-; y la necesidad de formarse -poniendo los medios para no ignorar las propias obligaciones-, evitando el subjetivismo frente a las normas objetivas de moralidad. Y en esto todos somos iguales como manifestación de la dignidad humana. Precisamente lo expone el Vaticano II cuando trata del necesario respeto a la libertad religiosa para que cada uno actúe según la recta conciencia. Enseña, por una parte que todos los hombres deben buscar  y practicar la verdad, sobre todo respecto a Dios y la Iglesia, y por otra reconoce que «la verdad no se impone más que por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas» (DH,1).

Se puede decir entonces que la respuesta personal pasa por una continua formación de la conciencia para actuar con rectitud delante de Dios, que en definitiva es lo que importa, y con ejemplaridad ante una sociedad que se aleja de Dios en los grandes capítulos de la vida, como son la fe, el sentido del matrimonio, la misericordia, y la fe en la vida eterna.

En efecto, la función de la conciencia apela a la sinceridad de vida, al conocimiento de las normas morales -empezando por la ley natural-, y a la prudencia para hacer actos buenos, en justicia y caridad verdaderas. Todos los santos, religiosos o laicos, han valorado mucho la atención espiritual de los sacerdotes para no ir por libre, y garantizar que sus obras son buenas a los ojos de Dios, para no caer en los engaños del subjetivismo.  Algo que señala con fuerza la epístola de Santiago: «Porque quien se contenta con oír la palabra, sin ponerla en práctica, es como un  hombre que contempla la figura de su rostro en un espejo: se mira, se va e inmediatamente se olvida de cómo era. En cambio quién considera atentamente la ley perfecta de la libertad y persevera en ella –no como quien la oye y luego se olvida, sino como quien la pone en práctica-ése será bienaventurado al llevarla a la práctica» (1,23-25). Y como resumen sobre la normatividad de la conciencia personal recuerda el Papa Francisco a los sacerdotes que «estamos llamados a formar las conciencias no a pretender sustituirlas» (LA, 37).

El matrimonio camino de santidad

Me parece que el hilo conductor del documento pastoral reside en volver a plantear la llamada a la santidad en el estado matrimonial como la dimensión básica del sacramento del Matrimonio en la Iglesia. Consiste en poner los medios para hacerla efectiva correspondiendo a las gracias de Dios y las luces de la Iglesia, que se hace existencial mediante la comunión eclesial porque nadie puede lucha en solitario ni las familias pueden encerrarse en sí mismas. Desde hace décadas esta es la feliz experiencia de tantos matrimonios que asumen responsabilidades en las parroquias y reciben formación y apoyos, y otros que pertenecen además  a movimientos y realidades apostólicas que para ser fuertes en la fe y testigos fieles del evangelio en el mundo. 

A ellos se dirigen las palabras del Papa Francisco en especial en el último capítulo cuando invita a vivir con esperanza secundando libremente los planes de Dios para cada familia: «ninguna familia es una realidad perfecta y confeccionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva maduración de su capacidad de amar (...). Todos estamos llamados a mantener viva la tensión hacia un más allá de nosotros mismos y de nuestros límites, y cada familia debe vivir en ese estímulo constante. ¡Caminemos familias, sigamos caminando! (…) No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud de amor y de comunión que se nos ha prometido» (AL, 325).


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