Martes 19/06/2018. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El diablo y la blasfemia

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Un artículo de...

Ernesto Juliá
Ernesto Juliá

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Puede parecer un poco osado el título de estas líneas. Vemos y oímos muchas blasfemias a lo largo del día, y nos podemos preguntar si vale la pena llamar en causa al diablo ante esos actos blasfemos que se le ocurren a cualquier hombre y a cualquier mujer.

Quizá no hace falta, es verdad. Las mujeres y los hombres tenemos la suficiente maldad en nuestros corazones, como para rebelarnos contra Dios y tratar de reírnos de Él, sin necesidad de recurrir a las fuerzas, a la seducción del diablo.

Me he animado a escribir ese título, al encontrarme con unas palabras del Papa Francisco, que una vez más nos recuerda la existencia de este personaje –Satanás-, como han hecho sus predecesores, de forma más o menos solemne, como Pablo VI, Juan Pablo II, Benedito XVI.

“Nos han querido hacer pensar que el diablo fuese un mito, una figura, una idea, la idea del mal. No. El diablo existe y nosotros debemos luchar contra él”.

Así se expresó el papa Francisco el 30 de octubre de 2014, en la homilía de la misa en Santa Marta.

El diablo actúa y hace todo lo posible para pasar inadvertido, juega con el egoísmo, el orgullo, la soberbia, la lujuria, la envidia, la avaricia de los hombres para acabar defendiendo la “libertad” para hacer lo que a cada uno le dé la gana; para calificar de “libertad de expresión” las palabras más soeces que se pueden dirigir a una persona.

En este caso, y en otros similares es casi imposible que el hombre actúe solo. Cuando se trata de un intento de ofensa obscena y miserable –que el que la pronunció quizá no agradecería oírla dirigida a su propia madre, y digo quizá porque el hombre en manos del diablo es capaz también de abominar hasta de su propia madre-; que pone de manifiesto la más profunda miseria del corazón humano, tratando de hacer mofa del pecado contra Dios, entonces el diablo hace acto de presencia.

La blasfemia contra la Santa Madre de Dios, y contra el Apóstol Santiago, que ha tenido lugar recientemente en Santiago de Compostela, ha descubierto la mano de Satanás. Debe estar muy contrariado por el bien espiritual que reciben allí tantos peregrinos venidos de los más diversos lugares del mundo, y que llega después hasta los últimos rincones del planeta.

Con mucha dignidad, y en silencio con Dios, el arzobispo de Santiago, Julián Barrio, presidió el sábado pasado en la Catedral de Santiago, una Liturgia de la Palabra, como acto de desagravio a la “Virgen María, nuestra madre, bajo la advocación del Pilar, y al apóstol Santiago, nuestro patrono y patrono de España, por las ofensas blasfemas que se les han hecho días atrás en el carnaval”.

Con el templo lleno de fieles, en una ceremonia sencilla que se desarrolló en medio de un respetuoso silencio, el arzobispo agradeció la numerosa asistencia y animó a todos a testimoniar con humildad la fe en medio del mundo. Y terminó animando a todos los fieles a perdonar y pedir la conversión de los blasfemadores.

Solo me animo a añadir una consideración a los promotores de la blasfemia. El diablo no tiene ninguna misericordia, y no anima a nadie a arrepentirse, es siempre cruel y quiere tenerlos siempre a su lado: que le vendan el alma. A quien sigue sus inspiraciones les suele pagar con su gran “magnanimidad”:  la sonrisa en el momento de la blasfemia le encanta premiarla con un llanto eterno.

Y Dios, aunque se ofenda a su Madre y a su Apóstol, perdona siempre a los que se arrepienten y le piden perdón.

ernesto.julia@gmail.com


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