Viernes 20/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El descubrimiento de la santificación del trabajo en el siglo XX

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Ediciones Rialp ha culminado la publicación del gran manual de teología espiritual de Ernst Burkhart y Javier López sobre Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría.

En el tercero y último volumen, se dedica gran espacio a la santificación del trabajo. La cuestión entra a finales del XIX en el ámbito de la doctrina social de la Iglesia, que no tenía entonces el estatuto académico actual propio de la Teología moral. Aparte de precedentes iniciativas locales, se consolidó con la encíclica de León XIII Rerum novarum, de 1891.

Luego, poco a poco, el trabajo fue alcanzando un valor en sí. Un hito importante fue la institución de la fiesta de san José Obrero, por Pío XII, en 1955. Los pontífices posteriores, y sobre todo la constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, rebasan los límites de la cuestión social, y profundizan en el sentido cristiano del trabajo y su inserción en el plan creador y redentor.

Ciertamente, hoy, ante los datos publicados estos días en países como Francia o España –donde se han batido todas las marcas de paro‑, el empleo es quizá el primer objetivo de toda política o inquietud social. No obstante, en vísperas del 1º de mayo, querría referirme al tema en sus aspectos de fondo, seguro de que la sociedad europea será capaz de salir de la recesión.

Ha supuesto un largo camino en la teología y en la praxis católica el entendimiento del trabajo como camino y medio de santidad: constituye una de las grandes y originales aportaciones de san Josemaría Escrivá de Balaguer a la historia de la espiritualidad cristiana.

En 1976, en mis apuntes biográficos sobre el futuro santo, relaté cómo el Fundador del Opus Dei esclareció muchas veces la luz que Dios le hizo ver en Madrid a partir de 1928. Un evento extraordinario tuvo lugar en agosto de 1931 en la iglesia aneja al convento de santa Isabel, cerca de Atocha: "Cuando un día, en la quietud de una iglesia madrileña, yo me sentía ¡nada! ‑no poca cosa, poca cosa hubiera sido aún algo‑, pensaba: ¿Tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla? Y alzaba la Sagrada Hostia, sin distracción, a lo divino... Y allá, en el fondo del alma, entendí con un sentido nuevo, pleno, aquellas palabras de la Escritura: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (loann., XII, 32). Lo entendí perfectamente. El Señor nos decía: si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño..., entonces, omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!"

No se habían publicado entonces libros de referencia como Es Cristo que pasa o Forja, con textos que reflejan la capacidad de síntesis de su autor. La cita de este último libro, en el n. 702, es larga, pero expresiva: "Las tareas profesionales ‑también el trabajo del hogar es una profesión de primer orden‑ son testimonio de la dignidad de la criatura humana; ocasión de desarrollo de la propia personalidad; vínculo de unión con los demás; fuente de recursos; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que vivimos, y de fomentar el progreso de la humanidad entera...

"‑ Para un cristiano, estas perspectivas se alargan y se amplían aún más, porque el trabajo ‑asumido por Cristo como realidad redimida y redentora‑ se convierte en medio y en camino de santidad, en concreta tarea santificable y santificadora".

Desde ese horizonte, se comprende que en el trabajo –tantas veces motivo de confrontación y de luchas sociales no siempre pacíficas: basta recordar el origen del 1º de mayo civil‑, "el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor" (Es Cristo que pasa, 48).

Y termino con una precisión: santificar el trabajo exige respetar el orden de la naturaleza de las cosas creadas, la autonomía legítima de lo temporal. Lejos de todo atisbo teocrático, el reino de Dios es una realidad en el corazón de los cristianos, que vivifican el alma de la sociedad entera ‑sin dogmas ni carriles de dirección única‑, cuando pugnan porque Cristo esté presente en el centro de su vida ordinaria.

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