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Tribunas

La compleja geopolítica de los islamismos

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Un artículo de...

Ángel Cabrero
Ángel Cabrero

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Seguramente una de las preocupaciones más generalizadas en amplios sectores de la sociedad occidental, y quizá no solo en Occidente, es la actividad política o terrorista del mundo islámico. Por eso el trabajo de la experta Anne-Clémentine Larroque, recientemente publicado en España, puede ser de una gran utilidad para profundizar en este complicado mundo. Pero hay que advertir que no tiene nada de sencillo este estudio, dado que la proliferación de nombres de grupos, con denominaciones directamente trasladadas del árabe, supone una dificultad para saber quien es quien.

Hablamos de yihadismo, de islamismo, de moros o de musulmanes, sin darnos casi cuenta de que estamos refiriéndonos a realidades muy variadas. Quizá una de las cuestiones previas más interesantes para el lector no muy experto es distinguir entre islam, islamismo y yihadismo. Hablar del islam es hablar de una religión, incluyendo las diversas tendencias y a un público muy general. Hablar de islamismo es ya un planteamiento fundamentalista que pretende llevar a una inclusión completa de lo religioso en la sociedad. El yihadismo, también fundamentalista, adopta la yihad, la guerra santa, como una necesidad habitual, y terminan fácilmente en el terrorismo.

“La dimensión política forma parte del islam. Con todo, los principios islamistas llevan más lejos el proyecto de construcción política: el Estado islámico debe englobar toda la sociedad, sus leyes, sus principios económicos, sus individuos. El islamismo presenta pues un aspecto totalitario, tanto político como social”. (p. 20).

Entender por qué se pasa de un planteamiento de religión tolerante a los islamismos presentes en muchos países, es una cuestión enmarañada, pero de gran interés. Y sorprende descubrir que es un fenómeno nacido en el siglo XX, y casi siempre debido a situaciones políticas, presiones extranjeras, colonialismos, etc. De una situación de coerción exterior se pasa a una actitud más beligerante.

“Para poner en pie una estructura de poder islamista y asegurar su predominio en la sociedad musulmana, hay tres configuraciones y otros tantos tipos de islamismos diferentes. El activismo político en primer lugar, el activismo misionero, y la tercera vía: el activismo violento y terrorista, llamado también yihadismo”.  (p 20).

El islamismo, como movimiento social, tiene siempre una componente política. Suele haber un régimen gubernamental que lo sustenta. El activismo misionero depende mucho de los movimientos que están detrás, y es distinto un planteamiento salafista o wahabista -intransigentes en la interpretación del Corán- que el sufismo, como rama mística, más atenta a una interpretación personal.

“Los islamistas yihadistas son sunitas, proclaman la guerra santa contra los regímenes impíos en el interior del Dâr-al-Islam o en el exterior cuando consideran que el territorio está ocupado por una potencia no musulmana amenazante (Palestina, Cachemira, Afganistán, por ejemplo). La yihad es pues el modo operativo principal de los yihadistas para conquistar o reconquistar el poder. Es la manifestación de la defensa armada de la Umma”. (p 43). Pero también los chiitas terminan formando sus grupos terrorista.

Cómo nacen Al-Qaida o posteriormente el Estado Islámico, son cuestiones confusas, que tienen su sentido y que resultan bastante bien explicadas en este trabajo.

Anne-Clémentine Larroque, Geopolítica de los islamismos, Rialp 2016


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