Domingo 19/11/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La chimenea

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Soy de liturgia por los cuatro costados. Me encantan las misas cuanto más solemnes mejor. Disfruto con esas grandes celebraciones vaticanas en las que la plural Iglesia de los cinco continentes, primero en blanco pontificio, luego en rojo cardenalicio, después es púrpura episcopal, más tarde en alba sacerdotal y después en un explosivo multicolor de fieles, reza las mismas oraciones a un único Dios, a su Hijo unigénito y al Espíritu Santo que anda estos días cargado de horas extras.

Quizá por eso me tiene tan absorta la chimenea. Ya he vivido tres cónclaves. Del primero no me acuerdo porque aún tomaba la leche en biberón. Fue el que sentó en San Pedro a ese Papa venido del Este que nos hizo crecer en la fe a los de mi generación. Del segundo soy plenamente consciente porque lo viví, ya como periodista, rodeada de grandes amigos y enormes profesionales, los de Alfa y Omega, el semanario católico del Arzobispado de Madrid que me vio crecer. Recuerdo un cierto disgusto al ver en la televisión las que entonces me parecieron ridículas dimensiones de la chimenea de la fumara. Pensé que salida de humos era un nombre más adecuado para el angosto tubo de lata exento de toda solemnidad e instalado ad hoc sobre los tejados de San Pedro.

Ahora estreno mi tercer cónclave y miro inquieta el mismo canal marrón oscuro dibujado sobre el cielo gris de Roma -el frío escandinavo también se ha descolgado sobre la península itálica para hacernos más difícil percibir si el humo es blanco o negro, menos mal que el prometido repique de campanas no dejara espacio a la duda-.

Y ahora, cuando llevo con la Iglesia universal esperando más de un mes la llegada del nuevo Santo Padre que dé nombre a ese memento de la misa ahora tan vacío, me doy cuenta de que la sencillez de la chimenea entraña una enorme profundidad en la cuidada liturgia de estos días, una liturgia que no vemos pero conocemos tanto que no nos es ajena.

Mucho se ha escrito estos días, era de esperar, sobre las presiones y los intereses ocultos, sobre la condición de pecado que quedó marcada en nuestras almas, también en las cardenalicias. Pero lo cierto es que no me resulta difícil poner la mirada en el pequeño cono que corona la enjuta chimenea y descender con la imaginación hacia esa majestuosa Capilla Sixtina, testigo silencioso del prodigio del Espíritu Santo. Y descubro, perdonen que no cite fuentes pero fíense de mí, que aun en el supuesto caso de que algún cardenal actuase movido por pulsiones terrenas como la ambición o la soberbia, esos hombres están volcados en la encomienda que la Iglesia a la que con tanto orgullo representan les ha conferido.

Soy de liturgia por los cuatro costados y no me cabe duda de que en ese solemne camino que separaba a los cardenales de su temporal encierro en la Capilla Sixtina, mientras iban desgranando las letanías como un rosario de piropos, muchos, la inmensa mayoría, tenían los ojos puestos en Dios. Y nosotros, en la minúscula chimenea en la que estos días se resume aquel "sobre esta piedra edificaré mi Iglesia".

@msolanoaltaba

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