Lunes 23/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Un cementerio para animales de compañía

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Un artículo de...

Ernesto Juliá
Ernesto Juliá

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Me ha dado una cierta pena leer recientemente esta noticia:  “Sólo en Madrid, alrededor de 35.000 cuerpos inertes de los mejores amigos del hombres ( léase: perros y gatos) pasaron por el horno crematorio el año pasado”.

Una gran parte de los 35.000 montoncitos de ceniza reposan en urnas, y descansan en un cementerio de animales en las afueras de Madrid. Y el número de petición de tumbas –con mármol italiano y lápidas conmemorativas- sigue aumentando.

“En recuerdo de todos los entrañables seres que reposan en este cementerio y en agradecimiento a quienes no les olvidan”.

Este es el saludo -esculpido en una columna de piedra- que recibe al visitante que va a “visitar” las cenizas de sus animales “de compañía”. Las tumbas están adornadas con flores, y pequeñas esculturas de perros y de gatos se ven aquí y allá.

Los seres humanos necesitamos hablar con “alguien”; cuando no tenemos la ocasión de dirigir nuestra mirada, nuestras palabras a otro ser humano, damos una nueva vida a los animales que llamamos “de compañía”, para que nos ayuden a llevar el peso del vacío del corazón, del afecto. ¿Por qué incinerarlos, enterrarlos y guardarlos en un cementerio?

Además de los animales en el Arca de Noé; el Señor tiene piedad de los animales que viven con el hombre y le ayudan en su trabajo.  Una vez perdonada Nínive, la ciudad pecadora, el Señor dice a Jonás:

“¿Y no voy yo a tener piedad de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil hombres, que no distinguen  su mano derecha de la izquierda, y, además, numerosos animales”. (Jonás 4, 11).

Y no sólo tiene piedad. También quiere que el hombre tenga piedad de ellos, y se preocupa de que traten bien a los animales, y les faciliten el descanso.

“El justo provee a las necesidades de sus bestias, pero el corazón del impío es despiadado” (Prov. 12, 10). Y entre los mandamientos que el pueblo judío recibe del Señor, está incluido el descanso del día séptimo también para los animales: “no harás en él trabajo alguno (…) ni tu buey, ni tu asno, ni ninguna de tus bestias” (Deut 5, 14).

La buena armonía el hombre con los animales forma parte del gran proyecto de Dios en la creación. El animal está al servicio del hombre; y ¡qué mejor servicio que el de acompañar a un hombre, a una mujer, en soledad!

Además del buen corazón en el trato con los animales; ¿qué sentido tienen estos “cementerios”, cuando se están desparramando las cenizas de los seres humanos en ríos, en mares, en montes, en vertederos de basura, como si quisiéramos no recordarlos jamás?

La amistad con otros hombres y otras mujeres es a veces demasiado complicada; exige sacrificios, preocupaciones, salir de nosotros mismos, estar atentos a lo que necesitan. Con los animales de “compañía” estas preocupaciones desaparecen, y todo se resuelve en buscarles alguna funda para proteger los cuerpos los días de frío, y sacarlos  a pasear. ¿Hay corazones humanos que se puedan llenar con el mirar perdido de un perro, de un gato?

“Al regresar a casa después de pasear el perro, X no sabía qué hacer”. Una frase semejante ha dado la vuelta al mundo en un cuento de un autor sudamericano.

¿Puede un perro, un gato, un loro, cubrir el vacío vital del hombre, de la mujer, y darles el afecto, el calor vital necesario para seguir viviendo?   ¿No lo encierra mucho más en su soledad profunda, en su incomunicabilidad con otros mortales humanos?¿Tan pequeño se ha quedado el corazón humano?

Este cementerio me ha hecho recordar la exclamación de Becquer: “¡Qué solos se quedan los muertos!”; recordarla y darle la vuelta: “¡Dios mío: que solos viven los vivos, que entierran a sus “animales de compañía!”.

Y con pena llegué a preguntarme: ¿Habrá seres humanos tan solos que necesiten el recuerdo de las cenizas de sus “animales de compañía”, para seguir viviendo?                   

ernesto.julia@gmail.com


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