Sábado 18/11/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Sobre los católicos y la política

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Un artículo de...

Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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Decíamos ayer… en la columna precedente que la cuestión del compromiso social, político y cultural de los cristianos laicos en España bien merece un estudio a fondo. Fue a propósito de las siguientes declaraciones del secretario general de la Conferencia Episcopal, don José María Gil Tamayo, en la revista “Vida Nueva”.

Recuerdo literalmente sus palabras: “Los fieles laicos tienen en este sentido un papel fundamental, ya que es a ellos a quienes corresponde de esta forma primordial la transformación cristiana de las realidades temporales. En este compromiso público de la fe, nuestros seglares tienen todavía mucho que desarrollar y no podemos quedarnos con salir a la calle solo para el culto público convencional, sino para transformar el espacio público conforme al Evangelio, también el ámbito político”.

Es ésta una de las cuestiones más relevantes de la conciencia cristiana del momento. Un aspecto sobre el que se escribe poco y se dialoga menos. Un somero repaso a los últimos documentos de la CEE sobre esta materia sería un buen punto de partida. Pero la naturaleza periodística de este escrito no lo permite, a fuer de no cansar a los lectores.

No estaría de más que esa amplia doctrina se tradujera al presente. Aquella serie de documentos, de la que habla el cardenal Fernando Sebastián en sus Memorias, “Dios en la vida pública”, “Cristianos laicos, Iglesia en el mudo”, marcó un antes y un después.  Y ahora vuelven a la actualidad.

Tal y como lo plantea don José María Gil, podemos abordar la cuestión desde diversas perspectivas metodológicas. Una histórica. Tendríamos que referirnos a la crisis de la Acción Católica, entonces, y al papel de los cristianos en la política y en la sociedad desde antes y durante la Transición.

La crisis de la Acción Católica, que ha pasado por varias y fructíferas épocas posteriores, nos enseñó que la penetración de las ideologías políticas en las realidades de Iglesia, son disolventes para el sujeto y la conciencia cristiana. En ese caso ocurrió con la izquierda –o lo que se entiende por izquierda o izquierdas-. Pero también puede ocurrir con la derecha o las derechas: el PP, la nueva derecha laica, las dinámicas de los partidos –Robert Michels al fondo-.  

Por cierto, recomiendo a estos efectos, para conocer qué ha pasado en los ámbitos de la democracia cristiana, las memorias de José Manuel Otero Novas en lo referido a las leyes educativas y la respuesta entonces de la Conferencia Episcopal. O, en el caso de los partidos católicos o de inspiración cristiana, lo que dice el teólogo Olegario González de Cardedal en uno de sus últimos libros sobre la negativa a un partido católico o de inspiración cristiana, que resulta no fue tal formalmente, aunque sí materialmente.

Afirma, por cierto, el teólogo salmantino, sobre el tema que nos ocupa, que “hoy apenas hay voces públicas de hombres de la ciencia, de la universidad, de la literatura y del cine que se muestren sencillamente católicos en público. La cultura, ¿ha dejado de ser católica? Los católicos, ¿no tiene capacidad o no sienten responsabilidad cultural?” (p. 287). Esto ocurre cuando el número de Universidad católicas, de hecho o de derecho, es muy notable, por ejemplo.

Del pasado reciente quizá haya que recordar que las manifestaciones sobre el matrimonio, entendido como la unión entre un hombre y una mujer, y la de la educación fueron organizadas y promovidas por diversas organizaciones no confesionales, algunas, pero con amplia presencia del sujeto católico. ¿Dónde están los líderes que organizaron esas manifestaciones? ¿La llegada al poder del PP ha desactivado esa presencia? ¿O han sido otros ámbitos los que han diluido esa fuerza?

Incluso se podría añadir una manifestación más, la que se celebró a favor del 0,7%, que también tuvo amplia presencia de cristianos de base. Y en todas ellas participaron –aunque no en igual número- algunos obispos.

También se podría utilizar el método estructural, es decir, analizar cada realidad eclesial, movimiento o grupo de incidencia, según su evolución. Pero esto nos llevaría muy lejos.

Vayamos si cabe al método fenomenológico, o a una parte de él. Se podría decir, desde ahí, que si el laicado católico actual está más volcado en la presencia y participación en el culto, –salvada la cuestión de las cofradías-, que en la política se debe a la deficiente articulación y pedagogía de los principios referidos a la autonomía de las realidades terrenas en la conciencia laical, a partir de una reduccionista comprensión de las prioridades de esa presencia. Pedagogía, ¿quién enseña? ¿Quién habla? ¿Quién escucha? Una causa que genera un amplio espectro de patologías que van desde el paternalismo a un rancio clericalismo.

Factores que hay que relacionar con un análisis quizá no suficientemente hecho, en los últimos años, respecto a la realidad social española. Seguir pensando en categorías de España católica socialmente, o en las de secularización “bautizada”, y no por ejemplo en las de pluralismo, o en la cultura eclesial de mantenimiento, juegan una no muy buena pasada.

Otra cuestión sería la de los casos particulares de liderazgos laicales de católicos en la vida pública y social cercenados con la ayuda de la mano de color de Adam Smith. Entiendo que la invitación del secretario general de la Conferencia al catolicismo laical es, más que un tirón de orejas, una llamada a la reflexión que nunca sobra. 

Y recuerdo aquí lo que decía mi admirado Alejandro Llano:

“Llegados a este punto, me atrevo a decir que es esta actitud culta, activa, no resignada y relativamente escéptica la que, por regla general, los católicos españoles no acabamos de acertar a adoptar respecto a los medios de información y otros aspectos no carentes de contenido intelectual en la vida pública de nuestro país. Si alguna debilidad notoria acusa el catolicismo español de las últimas décadas es precisamente su anorexia cultural, su escasa sensibilidad para las cuestiones ideológicas, la superficial formación doctrinal de no pocos de sus miembros y, en consecuencia, su menguada agilidad para participar en la vida filosófica, científica, artística y literaria de nuestro país, con la consiguiente automarginación respecto a los debates en los que se ventila públicamente la orientación ética y política de nuestra vida común”.

Por cierto, ideas pronunciadas en el Congreso Católicos y Vida Pública hace ya muchos años. Parece que fue ayer…

En resumen, quizá sea hora de recuperar esa “actitud culta, activa, no resignada y relativamente escéptica” que no es incompatible con una espiritualidad profunda, ni con un amor sincero y apasionado a la Iglesia.




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