Martes 24/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El cardenal Rouco vuelve a escena

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Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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El cardenal Rouco Varela ha vuelto a la escena pública con motivo del doctorado Honoris Causa que le ha conferido la católica Universidad Católica de Murcia. Un acto que contó también con la presencia del cardenal Antonio Cañizares, que pronunció una Laudatio sobre el cardenal Rouco muy precisa en los datos de la biografía y bastante en clave de reposición de la memoria.

No se trata de que el cardenal Rouco, que vive sus días de júbilo en el silencio del corazón, abandone el riguroso mutis público y se inmiscuya en el patio de la Iglesia en España. Seguro que si tiene algo, quizá bastante que decir, lo hará en los oportunos foros. Su vuelta se da en las cuestiones intelectuales y académicas, que es también lo suyo.

Muestra de ello es su intervención sobre un tema querido por él. Una cuestión sobre la que da un paso más del discurso que le sirvió de pórtico al ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Por cierto, hablando de cardenales académicos, hay que recordar que el cardenal Cañizares lo es de la Academia de la Historia. Y allí echan de menos una mayor frecuencia en sus acertadas presencias y contribuciones científicas. 

El cardenal Rouco, manejando bibliografía en varios idiomas, preferentemente de habla alemana, se refirió a la cuestión de los fundamentos pre-políticos del Estado democrático de Derecho.

Pero también habló de la Universidad al principio de su intervención. Sus palabras, aquí sintetizadas, sobre esta última cuestión, merecen sin duda la pena: “Si hubiese que acotar o señalar, dentro de la compleja y dramática realidad cultural e institucional que caracteriza el mundo contemporáneo, un campo en el que esté en juego decisivamente el futuro del hombre, de su dignidad personal, de su bien y desarrollo integral dentro de la sociedad, ése sería, sin duda, la Universidad”.

Se preguntó:

“¿El día de hoy no parece estar reclamando implícita y/o explícitamente por exigencias no sólo intelectuales, sino también éticas, la recuperación universitaria de un objetivo o criterio último de verdad –el de la sabiduría de la vida– que le proporcione sentido existencial e intelectualmente unificador a su actividad investigadora y docente? ¿No le urge a la Universidad en la actualidad superar la fragmentación teórica y práctica, siempre frustrante, que compromete su actividad científica, a través de una confluencia de todos sus saberes y aplicaciones tecnológicas en lo que podría y debería ser asumido como su razón de ser y su fin último hoy, como ayer, como mañana y como siempre: el servicio al hombre por la vía del saber intelectualmente riguroso? El “Ethos universitario” demanda, sin duda, a la altura cultural de nuestro tiempo, un cultivo insobornable del conocimiento científico; pero sin excluir ninguna parcela de la realidad que constituye en toda su integridad y hondura metafísica al ser humano”.

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