Martes 24/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El cardenal Aponte

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Cuando este martes, el arzobispo emérito de Sevilla, cardenal Carlos Amigo, presida, en la Catedral de San Juan de Puerto Rico, las exequias del cardenal Aponte, se cerrará una etapa de la historia de la Iglesia en esa Isla que se prepara, en estas fechas, para celebrar quinientos años de la llegada del primer obispo, el español Félix Alonso Manso.

He tenido la suerte de poder asistir al tranquilo lloro de un pueblo ante el cadáver de quien fue el primer cardenal nativo de la Iglesia en Puerto Rico. Una Iglesia viva, rica en instituciones de raigambre y presencia social, que se está preparando con fuerza para la misión continental pedida por Benedicto XVI. El cardenal Aponte, rostro de la caridad de la Iglesia y de la firmeza en la confesión de la fe, trabajó intensamente para que la Iglesia en Puerto Rico tuviera un dique frente a los maremotos de la historia en las instituciones eclesiales que hoy la definen. Una de éstas, clave para el futuro de la Iglesia, y de la sociedad, es la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, acertadamente presidida por el profesor Jorge Iván Vélez Arocho. El cardenal Aponte, en sus memorias tituladas "Unde Hoc Mihi ¿Por qué a mí? Memorias del Cardenal Luis Aponte Martínez", así lo dejó escrito.

La hispanidad, sus valores, lo que la configura, ya no está en España, está en la otra España, que es la América de la religión católica, de la acendrada y purificada religiosidad popular, de los valores tradicionales que han conformado la forma de ser y de relacionarse las personas durante siglos. No son pocos los retos a los que se enfrenta esa Iglesia del Caribe: la formación del laicado; la presencia de los católicos en la vida pública; la conformación de las denominaciones y sectas protestantes en lobbies políticos de amplia penetración en los poderes legislativos; el tránsito del catolicismo sociológico a un catolicismo de coherencia entre fe y vida, a un catolicismo social; la abolición de una cultura de la subvención y del subsidio, que está lastrando la fuerza productiva del país; la lucha contra las diversa formas de violencia social y contra las marginaciones. En un país en el que la política de los partidos es el deporte nacional, asisten ahora a una nueva conciencia de la tarea prepolítica, que configura la presencia de la propuesta cristiana en la vida pública.

Sorprende, y no puede ser menos, la alegría de la vivencia de la fe, la natural esperanza, que nace en una acreditada confianza en Dios, y la vitalidad de unas nuevas generaciones, que ya no son solo de Juan Pablo II, sino que son de Benedicto XVI. Dentro de los retos de esta Iglesia se encuentra la formación de los seminaristas, y, en especial, de los novicios de algunos institutos religiosos. En Mayo del 2001, el Papa Juan Pablo II convocó un consistorio especial en Roma para abordar las directrices pastorales desde la Novo Millennio Ineunte. El primer día del consistorio, intervino el Cardenal Luis Aponte Martínez, y se preguntó: "¿Quién de nosotros, al revivir los recuerdos de nuestras vocaciones sacerdotales y episcopales, no reconoce que debemos una gratitud especial a la intercesión de la Madre de los Sacerdotes y Reina de los Apóstoles por nuestras propias vocaciones? No neguemos esa misma intercesión maternal para las vocaciones que la Iglesia y los pueblos del nuevo milenio, tan desesperadamente necesitan". Una pregunta, y una intención, que marcó su episcopado. Descanse en paz, despedido por el calor de su pueblo.

José Francisco Serrano Oceja

jfsoc@ono.com

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