Lunes 11/12/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

En el campus de Somosaguas

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¿Por qué? Podrían haber dado un espectáculo semejante en cualquier otro lugar. Ciertamente, la gente habría reaccionado de otra manera. En ningún otro sitio les habrían dejado actuar más de 30 segundos, si acaso.

En un autobús, las bajarían sin más contemplaciones en la primera parada. En unos grandes almacenes, no excluyo que les hubieran llovido más de un golpe de manos de mujeres; y una buena retahíla de insultos, de boca de hombres.

¿Qué han querido manifestar con un gesto semejante? Unos universitarios y universitarias que se desnudan en una iglesia y se suben al altar, ¿qué pretenden con una obscenidad ridícula y más digna de lástima que de incitación al pecado?

 

En el templo, ninguna de las pocas personas presentes habrá prestado la mínima atención a sus cualidades corporales. Si iban con la intención de manifestar su odio a Cristo, con su desnudez no hicieron otra cosa que expresar una rabia infantil, de niños-niñas inmaduros, que no saben qué hacer con su sexualidad, y la exponen para no ahogarse en la propia miseria a la que han reducido su sexualidad. Hasta el mismo Freud les hubiera echado del templo a bastonazos; pero Freud no estaba allí. Cristo es compasivo y misericordioso; y perdona a quien se arrepiente.

Y no vale la pena ni siquiera considerar qué habría sucedido si en lugar de una iglesia católica estos hechos hubieran ocurrido en el templo de otra religión. No vale la pena, porque ni se le pasa por la cabeza a quien les “anima”. Estos actos son, al revés, actos diabólicos de fe: el diablo sabe perfectamente en qué templo está Cristo.

No han faltado –sería difícil que no hubiera ocurrido– comentarios sacando a relucir que en las universidades no debería haber lugar para una capilla o para actos religiosos. Y yo me pregunto: ¿Por qué? ¿Porque el Estado es laico? Y ¿qué tiene que ver la laicidad del Estado, que es lógica y adecuada, con la práctica religiosa de los ciudadanos?

La universidad no es propiedad del Estado; y mucho menos propiedad de ningún gobierno. La universidad es pública, en todo caso, porque es de la sociedad y para la sociedad. Y la sociedad son los estudiantes de todo tipo que frecuentan sus aulas y comparten sus terrenos. Terrenos públicos, sociales. El Estado, y mucho más un gobierno, no tiene, obviamente, que predicar ni anunciar ninguna religión, y no tiene, además, ningún derecho a hacerlo.

¿Qué derecho puede tener, entonces, para negar un lugar a unos universitarios para que se reúnan a rezar, a compartir creencias, a cambiar impresiones? ¿Va a eliminar los campos de deportes, los bares, las salas de reuniones, las oficinas de los bancos, las “movidas”, “los botellones”, etc., dentro de los límites de las universidades? ¿O es el campus de la universidad el único territorio nacional en el que no se pueden celebrar actos religiosos? ¿No estamos ante un claro ejemplo de pura y simple discriminación?

En la universidad, el Estado tiene la misión de garantizar el orden, para que la formación intelectual de los universitarios trascurra de la forma más pacífica y normal posible. Garantizar un mínimo de convivencia para que profesores y alumnos puedan transmitir y recibir conocimientos, experiencias, dentro de un ambiente libre y respetuoso con las ideas y actitudes de cada uno, que no provoquen violencia contra los demás.

La capilla del campo universitario de Somosaguas estaba prácticamente vacía cuando esos “valientes” universitarios y universitarias se lanzaron a la aventura. Había pocos riesgos de fracasar en su intento blasfemo. El diablo, además de mentiroso, es cobarde.

Ernesto Juliá Díaz ernesto.julia@gmail.com

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