Domingo 18/02/2018. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La belleza encamina hacia Dios

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Me ha dado especial alegría leer las palabras de Benedicto XVI en la audiencia del último miércoles de agosto. Debía de estar yo aún en Galicia, camino de Madrid a través del fortísimo contraste del paisaje de la meseta en que nací.

A lo largo de unas semanas, he sentido la presencia de Dios en los bellísimos atardeceres tras la ría de Arousa. Las tonalidades de la puesta del sol cambiaban cada día, siempre con un singular encanto, al esconderse tras las colinas de la Curota.

Pero a la belleza natural no le va a la zaga la del arte, como estimulo para el encuentro personal con Dios, a la que se refería más directamente el Papa. La percepción del pulchrum es ciertamente una puerta abierta al infinito, que enlaza el ser con la verdad y encamina hacia ese absoluto que sólo en el cielo se encuentra.

Ante la belleza de tantos lugares sacros, jalonados por infinidad de cruceros de muy distinto porte, de modo particular en Santiago, se comprende que Juan Pablo II eligiera la catedral de Compostela para lanzar en 1982 su emocionante grito a Europa. Los dirigentes políticos no le escucharon en su llamada a volver a las raíces, para encontrarse con sí misma. Pero el silencio de la piedra de granito sigue evocando el origen cristiano de lo más grande de la aportación de Europa al mundo: el arte, la cultura, el derecho amante de las libertades básicas de la persona.

Me parece un tema esencial, también en este comienzo de curso académico, que arranca con demasiados pragmatismos. De la escuela primaria a las Universidades, impera una visión demasiado tecnocrática de la educación, cuando no lisa y llanamente mercantilista. Se olvida con demasiada frecuencia que los maestros lo son de modo auténtico cuando contribuyen a que sus alumnos aprendan a pensar buscando el saber verdadero, y a gozar en la contemplación de lo bello. Tal vez lo más importante es eso que, para los programadores de los planes de enseñanza –y para tantos alumnos‑, no resiste a la trivial pregunta "esto, ¿para qué sirve?".

Por eso, alegra oír nuevamente a Benedicto XVI, para redescubrir la "via pulchritudinis", el camino de la belleza. Es un itinerario indispensable para penetrar en el significado más profundo del ser humano, necesariamente abierto a lo divino, fundamento de su creatividad: la obra de arte es quizá la expresión más neta de esa capacidad creativa de la persona.

Se comprende que nos incite recordando experiencias comunes: "Tal vez os ha ocurrido alguna vez ante una escultura, un cuadro, algunos versos de poesía, o una pieza de música, sentir una íntima emoción, una sensación de alegría, de percibir, es decir, claramente que delante de vosotros no había sólo materia, sino algo más grande, algo que 'habla', capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el alma".

De modo particular, "hay expresiones artísticas que son verdaderos caminos hacia Dios, belleza suprema; de hecho, son una ayuda para crecer en la relación con Él, en la oración". No es difícil encontrar en los caminos de España espléndidas obras de arte, "que nacen de la fe y expresan la fe". La visita a esos lugares no contribuye sólo al enriquecimiento cultural: "también puede convertirse en un momento de gracia, en estímulo para el diálogo con el Señor".

Como no podía ser menos, Benedicto XVI dedicaba un espacio especialmente sentido a la música. No sólo la sacra. También las piezas de los grandes compositores hacen vibrar el corazón y "nuestra alma viene como dilatada y es ayudada a dirigirse a Dios". Tendría ocasión de reiterarlo en el patio interior del Palacio de Castel Gandolfo, tras el concierto en su honor ofrecido por el cardenal Domenico Bartolucci, ex director del Coro de la Capilla Sixtina.

Al final, el Papa pronunció unas palabras de agradecimiento: "La música es para usted –se dirigía al Cardenal Bartolucci- un lenguaje privilegiado para comunicar la fe de la Iglesia y ayudar en el camino de la fe a quien escucha sus obras". El programa había sido elegido con solicitud: "nos ha hecho dirigir el ánimo a María con la oración más amada por la tradición cristiana y también nos ha hecho regresar al principio de nuestro camino de fe, a la liturgia del Bautismo".

También en este punto, el mensaje de Benedicto XVI merece un eco grande, especialmente por parte de los responsables del sistema educativo.

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