Jueves 14/12/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Los atajos del ministro Jáuregui

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Ramón Jáuregui ha dado un paso en falso. Más de uno, probablemente, pero éste último es el que nos interesa. Lo hizo público el diario El País –impagable servicio a la causa del gobierno- hace pocos días en primera página: El gobierno le exige a la iglesia que respete la soberanía popular, las leyes emanadas del parlamento... Subida de todo de tono y de adrenalina.

Por más que alguno de sus adláteres de años y batallas el diálogo cristiano y socialismo hayan orientado y hablado sobre lo que se conversó en la larga mesa y sobremesa, al caer el día, con el cardenal Rouco, de finales del mes pasado, entre el Ministro de la Presidencia y el Presidente de la Conferencia Episcopal, más allá de la carencia de educada confidencialidad que supone la revelación periodística, a la Iglesia estas jugadas le afectan poco. El principal nivel de relaciones entre la Iglesia, entiéndase el Vaticano, y el Gobierno español se lleva por la vía del Ministerio de Asuntos Exteriores, como mandan los cánones. Si Jáuregui aprovecha el capelo cardenalicio de monseñor Estepa para pasear por los pasillos vaticanos, lo hace a título de interlocutor privilegiado. Pero con los límites de su acción, de los modos de la acción y de los temas de la acción. Si Jáuregui acuerda, en esas fechas, cenar con el cardenal Rouco, lo hace a título de autonomía y cooperación, que no es poco.

Lo que ahora le interesa al Gobierno es radicalizar el enfrentamiento con la Iglesia. Por una parte, para alentar a sus masas más progresistas –vaya progresismo- y calentar el ambiente ante la emergencia electoral que padecemos. Un calentamiento previo, que no inmediato a los comicios, por eso de que meterse con la Iglesia resta votos del común de los mortales, pero alienta la participación de su electorado más extremo. Sabe el socialismo de Estado que la Iglesia, cultural, social y periodísticamente, es un flanco fácil. Como tiene que introducir el texto legal de los cuidados paliativos, y ese remedo de Observatorio –Gran Hermano- de la libertad religiosa, -una especie de puerta falsa para una frustrada ley por las visitas del Papa-, no le queda más remedio que lanzar víveres a su afición con este tipo de estrategias que implícitamente identifican a la Iglesia con quien no respeta el orden vigente, la legalidad, la soberanía popular, etc. No hace falta mucha imaginación para pensar que si a Jáuregui se le ocurriera platear, en los términos que dice el citado diario, esta cuestión ante el cardenal Rouco, lo menos que puede recibir es una lección magistral de Derecho Público Eclesiástico, de historia de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, de doctrina de cuestiones mixtas, de libertad religiosa, que bien merecería una cátedra en cualquiera de las Universidades más prestigiosas de Europa. Oír al cardenal Rouco glosar el diálogo Ratzinger-Habermas es como asistir gratis a una sesión de la Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Lo que ya sabrá Ramón Jáuregui es que con la Iglesia no sirven los atajos de las filtraciones periodísticas. El tiempo de la Iglesia es éste y también el otro…

José Francisco Serrano Oceja

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