Lunes 23/10/2017. Actualizado 01:00h

·Publicidad·

Tribunas

El alma misionera de los jóvenes

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Un artículo de...

María Solano Altaba
María Solano Altaba

Más artículos de María Solano Altaba »

Es un tópico de barra de café, de sobremesa de domingo, criticar a la juventud por su falta de compromiso, por su escasa capacidad de esfuerzo y de sacrificio, por su desidia. Pero lo cierto es que yo, que trabajo cada día con jóvenes, tengo la inmensa suerte de poder desmontar el mito a fuerza de ejemplos reales.

Acabo de vivir uno. Un misionero español, el jesuita Enrique Figaredo, obispo de Battambang, en Camboya, se prestó a un animado debate con un grupo de jóvenes. Ante la atenta presencia de un auditorio lleno de chicos de entre 18 y 22 años. El efecto fue tan asombroso como esperanzador.

Salieron conmovidos del Aula Magna de la Universidad CEU San Pablo, que había acogido el evento organizado por Obra Misionales Pontificias. Monseñor Figaredo les planteó preguntas, les hizo cuestionarse su propia realidad y, sobre todo, con su propio ejemplo, les demostró que es mucho más feliz el que da que el que recibe.

"A un voluntario le pido solidaridad, cariño y, sobre todo, alegría. Dios vive en las personas y si quieres servirle has de servir a los demás", les explicaba Figaredo a unos jóvenes que veían atónitos a un hombre sencillo, con su alzacuellos y su particular cruz pectoral: al Cristo de Kike Figaredo, como a muchos de sus feligreses, le falta una pierna. Y acoge con los brazos abiertos el sufrimiento de los demás.

“Lo que más me llama la atención es que no es el dolor sino la alegría lo que busca este misionero en cada vida”, me decía a la salida una de las jóvenes que asistió al evento. En solo una hora de encuentro, un hombre llegado desde uno de los rincones más remotos de Asia, había demostrado a aquellos chicos que hay otra manera muy diferente de ser feliz.

Pero lo más emocionante fue que no les planteó sueños inalcanzables. ¿Quién puede, en los tiempos que corren, coger un avión para marcharse a Camboya? Quizá solo unos pocos. Pero todos pueden empezar aquí mismo, en la sede de Cáritas que hay a la vuelta de la esquina, en el comedor social que está a dos pasos de la Universidad, en ese centro de acogida de inmigrantes donde se ayuda con miles de trámites a los que no tienen nada, o en esa casa de niños sin hogar donde piden a gritos que un joven universitario eche una mano en las tareas del colegio a los pequeños.

“Se puede ser misionero aquí mismo”, repitió varias veces Figaredo. Estamos de enhorabuena. El mensaje ha calado.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba


·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·