Viernes 24/11/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Mas allá de los “valores”, Cristo

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"Crear en nosotros una situación de recogimiento, de silencio interior, para reflexionar, asimilar los misterios de nuestra fe y lo que Dios obra en nosotros".

Antes de salir de Roma camino de Madrid, Benedicto XVI expresó con estas palabras uno de los frutos que anhelaba conseguir del Espíritu Santo en estos días de la Jornada Mundial de la Juventud.

¿Momentos de recogimiento, y de silencio interior, en medio de hombres y de mujeres jóvenes que ya habían alcanzado la cifra de millón y medio?

Este es una de los grandes retos de la Fe en Cristo. Y no invitaba a los jóvenes a retirarse a algún lugar desértico o apartado, en silencio, sin molestias de ningún tipo y sin preocupaciones que pudieran distraer la concentración de su espíritu.

No. Allí, en medio de compañeros de estudios y de trabajo de los cinco continentes; en medio del clamor de los cantos, de las baterías, de las guitarras, de los saxofones. Allí, en medio de los confesionarios, en las tiendas preparadas para la Adoración Eucarística, en las catequesis y reuniones de todo tipo, "recogimiento y silencio interior".

¿Para qué?

Los jóvenes y los menos o más jóvenes, no dejan de oír discursos, mensajes, que les hablan de "valores"; de "grandes ideales por los que vale la pena luchar"; de "empeñarse en la construcción de una nueva sociedad más solidaria, más libre, más humana; más justa,...". Palabras que casi nunca manifiestan más que deseos genéricos, ilusiones sin apenas contenido; porque quienes las pronuncian no se paran a pensar –no se "recogen"- qué quieren realmente decir. Quizá porque sospechan que, con lo que ellos tienen en su cabeza, lo que quieren decir con esas palabras no resiste un análisis racional libre y profundo.

¿Para qué?

Benedicto XVI dijo claramente a los jóvenes que esos momentos debían ser para "asimilar los misterios de nuestra Fe, y lo que Dios obra en nosotros", y apenas puesto pie en el aeropuerto de Barajas les ha hablado de "descubrir a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida". Les dijo que "tuvieran la alegría de manifestar su Fe en Cristo" y compartir esa alegría con tantos creyentes de todo el mundo, y ayudar a los no-creyentes a abrir las puertas a la Luz, que es Cristo. Y poco después, en el escenario de la Cibeles, les animó a buscar la Verdad, que no es "una idea, una ideología, una palabra: es una persona: Cristo".

Benedicto XVI sabe que puede invitar a reflexionar en los contenidos de la Fe, porque sabe que están sostenidos por la presencia histórica de Cristo en la tierra y por su Resurrección; porque conoce la racionalidad del actuar de Dios Creador, que ha escondido su sabiduría en cada criatura, y muy especialmente en el hombre; y que nunca actúa "contra la razón".

El Papa, además, sabe a quien invita "al recogimiento y al silencio interior": jóvenes, mujeres y hombres, que adoran a Cristo en la Eucaristía, y que se alimentan de Cristo en la Comunión.

En su realidad histórica, Cristo les descubre su Verdad, y sostiene la Fe. En los hechos de su vida –cada joven lleva unos Evangelios y un Catecismo en la mochila-, las huellas de Cristo indican el Camino. Y adorando la Eucaristía, los jóvenes saben que están ante Cristo Resucitado; y al recibir la Comunión se alimentan ya de la vida de Cristo, de la Vida Eterna.

Cualquier "valor"; la suma de "valores", apenas significará nada, si no se fundamentan en la Roca –también lo recordó el Papa-, en la Verdad que es Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Siendo la Verdad, es también Camino y Vida.

Ernesto Juliá Díaz

ernesto.julia@gmail.com

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