Sábado 18/11/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La abstención social, espejo de una representación en crisis

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El problema no es sólo español, como acaba de comprobarse en las elecciones cantonales francesas, que batieron toda una marca: el 56% de abstencionistas muestra la fractura entre partidos y electores, especialmente entre los más jóvenes, los ciudadanos de barrios populares, o las clases medias que se sienten “descalzadas”.

Esa apatía democrática es una posible enfermedad social. El anterior director de Le Monde, Eric Fottorino, llegó a hablar hace un año, tras las regionales, de un nuevo “mal francés”, cuyo principal síntoma sería la abstención: “No votar es no creer ya en la capacidad del político para mejorar el curso de la existencia, para cambiar la vida. Este pesimismo de fondo no es nuevo. Pero ahora es más pesado, más doloroso, como la angustia tras una decepción amorosa, frente al optimismo que llevó a elegir en 2007 a un presidente convencido de que sería capaz de mejorar la suerte de todos”.

Desde luego, a pesar del énfasis que la doctrina social de la Iglesia pone en la participación como elemento esencial de la democracia –así Juan XXIII en memorables encíclicas de los sesenta: Mater et Magistra y Pacem in terris , la abstención se justifica cada vez más, también como recurso para manifestar públicamente el rechazo de ciertas praxis políticas poco o nada democráticas.

Muchos recordarán al cínico y viejo profesor, Enrique Tierno Galván, al que se atribuye algo así como que los programas se redactan para no cumplirlos. En el plano general, salvo fallo de la “función buscar” en “pdf”, ni más aborto ni eutanasia estaban entre las promesas del partido ganador de las últimas elecciones generales. La ampliación entró casi al comienzo de la legislatura (resulta demoledor que el TC siga sin juzgar el caso), y se puede terminar con la eutanasia. Por lo demás, un giro social de 180º exigía una consulta electoral (frente al para qué gastar tiempo y dinero si el gobierno mayoritario puede hacer lo que quiera). En esto, el socialismo portugués de Sócrates ha sido más coherente.

La abstención ante las urnas se impone como manifestación de repulsa ante la falta de ética de líderes que actúan a su antojo. A veces, en triste comandita, como PSOE y PP en su increíble tarea destructora del gobierno del poder judicial y del Tribunal constitucional. Por paradoja, Rajoy no parece lejos de Guerra en aprecios a Montesquieu.

En ese contexto, ¿conserva sentido acudir a las urnas? La permanencia de imputados en las listas es otro signo de rechazo de la regeneración periódicamente prometida… para los demás. No se llega al caso de las últimas consultas populares del franquismo, pero casi. Recuerdo que escribí al final de los sesenta para manifestar que, con las reglas establecidas, no se podía participar en el referéndum que aprobaría una nueva ley orgánica del Estado, de mera cosmética jurídica. Para confirmarlo, el Ministerio de Información exigió que se retirase el artículo o, si no, el diario sería secuestrado.

Algunos confían aún en el voto en blanco, y plantean reformas legales para que no se contabilice como nulo. Hace años surgió en Francia un “Partido Blanco”, que deseaba favorecer el reconocimiento de ese tipo de sufragio personal en los diversos comicios. No prosperó ese sistema de superar la indiferencia ciudadana. Ni parece tener mucho futuro, como tampoco, en general, los partidos con objetivo único (más propio de lobbies democráticos que de partidos en sentido estricto).

El individualismo lo complica todo, aunque la identidad no se forja ya en contraposiciones, como querían Hegel y Marx. En una sociedad compleja, la persona madura en la relación, no en el conflicto. Y la subjetividad se plasma en multiformes redes horizontales, no sólo en los clásicos cauces de representación. La política no puede ignorar esa revolución humana y técnica, que facilita la participación en valores comunes, no unívocos ni dialécticos, sino análogos: capaces de subrayar lo individual y lo solidario, la tradición y la creatividad, la continuidad y el cambio. Los clásicos repetían: universalia non movunt. Menos mueven hoy estereotipos y simplezas que repugnan a un elemental sentido crítico, tanto o más que los insultos reiterativos y gratuitos.

Valdría quizá la pena pensarlo en estos días serenos. Porque está en juego el futuro: quien no se siente representado, no admite la autoridad. La convivencia se hace más frágil en este mundo aparentemente más fluido, en expresión de Zygmunt Bauman. Y la añoranza de seguridad puede provocar desastres renovados.

 

Salvador Bernal

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